—¡Adiós!—gritó con voz de trueno.
Y se lanzó a través de la enmarañada espesura de los vecinos árboles.
Yo me quedé convertido en estatua, porque lo poco que comprendía me hacía prever mayores desdichas. Rask, viendo desaparecer a su amo, se acercó al borde de la peña, aullando con tono lastimero. En seguida se vino a mí con los ojos húmedos y la cola baja, me miró con desasosiego, se volvió hacia el punto por donde había penetrado su amo y empezó a ladrar repetidas veces. Le comprendí, participé de sus temores y di algunos pasos hacia él; entonces partió como un rayo, siguiendo las huellas de Bug-Jargal, y pronto le hubiese perdido de vista, aun cuando corría con toda la velocidad a que alcanzaban mis fuerzas, si de rato en rato no se hubiera detenido para darme tiempo de alcanzarle. Así atravesamos cañadas, y subimos collados, y cruzamos selvas, hasta que al fin...—
Faltóle ahora a D’Auverney el aliento; la más lúgubre desesperación se retrató en su semblante, y consiguió apenas articular estas palabras:
—Prosigue, Tadeo, que yo no tengo más fuerza de ánimo que una vieja.
El sargento veterano no estaba menos conmovido que el capitán; pero, sin embargo, trató de obedecer el mandato.
—Con permiso, pues que usted lo ordena, mi capitán. Ahora bien: es el asunto, señores oficiales, que aun cuando Bug-Jargal, llamado Pierrot, fuese un negrazo de muy buen genio y muy robusto y de mucho ánimo, y el hombre más valiente de la tierra después de usted, mi capitán, no dejaba yo de tenerle mucha tirria, que nunca me lo perdonaré a mí propio aun cuando el capitán me lo haya perdonado. Así, mi capitán, cuando supe que se anunciaba su muerte de usted para dentro de dos días, entré en un arrebato de cólera contra el pobre hombre y tuve un verdadero gusto infernal en anunciarle que él, o bien, a su falta, diez de los suyos, irían a servirle a usted de compañía, fusilados por vía de represalias, como se dice. A esta nueva no dijo nada, sino que dos horas después se escapó, haciendo un gran agujero...
D’Auverney hizo un gesto de impaciencia, y Tadeo prosiguió así:
—¡Pues vamos! Cuando se vió la bandera en la montaña, como él no había vuelto—lo que, dicho sea con licencia, caballeros, nadie lo extrañaba—, se disparó el cañonazo de señal y me encargaron a mí que llevase los diez negros al sitio señalado para el suplicio, que se llamaba la Boca Grande del Diablo, a distancia del campamento como de... en fin, ¿qué hace al caso? Cuando llegamos allí, claro está que no era para darles suelta; con que los mandé atar, y estaba arreglando el piquete, cuando vean ustedes aquí que me encuentro con el negrazo saliendo del bosque. Me quedé pasmado, y él, acercándose sin aliento, me dijo: “Buenos días, Tadeo; a tiempo llego.” No, señores; no dijo nada de eso, sino que corrió a desatar a sus compatriotas. Yo allí me estaba, atónito, sin saber qué hacer ni qué decir. Entonces empezó una lucha de generosidad entre él y los negros, ¡que ojalá hubiera durado un poco más! No importa; sí, yo tengo la culpa de que concluyera tan pronto. Luego se puso él en lugar de los negros, y en aquel momento llegó su perrazo, ¡pobre Rask!, y se me abalanzó al pescuezo; ¿por qué no se aguantaría un poco más, mi capitán? Pero Pierrot hizo una seña y el pobre perro soltó presa, aunque Bug-Jargal no pudo impedir que se fuera a echar a sus pies. Entonces, mi capitán, yo le creía a usted muerto... y estaba furioso... y mandé...
El sargento alargó el brazo, miró al capitán y no supo proferir la fatal palabra.