—Cayó Bug-Jargal y una bala le quebró la pata al perro... Desde entonces acá, caballeros—y meneaba el sargento con dolor la cabeza—, está cojo. Oí luego quejidos entre las matas vecinas, y cuando acudí le encontré a usted, mi capitán, ¡que había caído herido cuando se apresuraba por llegar a salvar al negro! ¡Sí, mi capitán; usted gemía, pero era por él! ¡Bug-Jargal había muerto! A usted, mi capitán, le llevamos al campamento, y su herida fué menos grave, porque curó gracias al cariñoso cuidado de la señorita María.

Calló el sargento, y D’Auverney repitió en voz solemne y afligida:

—¡Bug-Jargal había muerto!

Tadeo inclinó la cabeza.

—Sí—dijo—. ¡Me había perdonado la vida, y yo fuí quien le maté!

NOTA

Como los lectores tienen, por lo general, costumbre de exigir explicaciones terminantes sobre el paradero de cuantos personajes han salido a la palestra con el intento de despertar su interés, nos hemos dedicado, a fin de satisfacer su loable deseo, a las más activas pesquisas acerca de la suerte que cupo al capitán Leopoldo d’Auverney, a su sargento y a su perro. Quizá recordará el lector que su profunda tristeza dimanaba de dos causas: la muerte de Bug-Jargal, alias Pierrot, y la pérdida de su adorada María, quien no logró escapar de las llamas en el castillo de Galifet sino para perecer en breve en el primer incendio de la ciudad del Cabo. Por lo que al capitán toca, he aquí cuanto hemos averiguado:

Al próximo día de una gran batalla, ganada por los soldados de la república francesa contra el ejército europeo, se hallaba en su alojamiento el general de división M..., comandante en jefe, redactando a solas en su tienda, y con arreglo a los apuntes de la plana mayor, el parte que debía dirigirse a la Convención nacional acerca de la victoria de la víspera. Un ayudante entró a decirle que el representante del pueblo, en comisión cerca de él, pedía luego hablarle. Aborrecía el general a esta especie de embajadores de gorro colorado, enviados por la Montaña a los campamentos para degradarlos y diezmarlos, hambrientos delatores a quienes encargaban los verdugos el servir de espías contra la gloria. Hubiera, sin embargo, sido peligroso negarse a recibir sus visitas, y hubiéralo sido más aún después de un triunfo, porque el ídolo sangriento de aquella época prefería las víctimas ilustres, y los sacrificadores de la plaza de la Revolución se llenaban de júbilo cuando lograban de un golpe solo echar a tierra una cabeza y una corona, ya fuese de espinas, como la de Luis XVI, ya de flores, como la de las doncellas de Verdun; ya, por fin, de laureles, como las de Andrés Chenier o Custines. Mandó, pues, el general que entrase sin demora el representante.

Después de algunas enhorabuenas, ambiguas y llenas de cortapisas, sobre la victoria reciente de las armas republicanas, acercándose el representante al general, le dijo a media voz:

—Pero no es eso todo, ciudadano general: no basta vencer a los enemigos de afuera, sino que es también preciso exterminar a los enemigos domésticos.