—¿Qué queréis decir, ciudadano representante?—respondió el general, sorprendido.

—Hay en vuestro ejército—prosiguió con misterio el comisionado de la Convención—un capitán llamado Leopoldo d’Auverney, que sirve en el regimiento número 32. ¿Le conocéis, acaso?

—Y tanto—replicó el general—. Ahora mismo estaba leyendo el parte del coronel sobre ese mismo sujeto. El regimiento número 32 tenía un excelente capitán.

—¡Cómo es eso, ciudadano general!—-dijo el representante del pueblo con altivez—. ¿Por ventura, le habéis dado algún ascenso?

—No negaré, ciudadano representante, que tales eran mis intenciones...

En esto, el comisionado interrumpió con enojo al general.

—La victoria os ciega, general M... Tened cuidado con lo que hacéis y con lo que digáis. Si fomentáis en vuestro seno a las serpientes enemigas del pueblo, no extrañéis que el pueblo os aniquile al exterminarlas. Este Leopoldo d’Auverney es un aristócrata, un contrarrevolucionario, un realista, un moderado, un girondino. La vindicta pública le reclama, y hay que entregarle entre mis manos sin tardanza.

El general respondió con frialdad:

—No puede ser.

—¿Que no puede ser?—repuso el comisionado, cuya ira se acrecentaba—. ¿Ignoráis, general M..., que aquí no existen otras facultades ilimitadas sino las mías? ¡La república lo ordena, y vos no podéis! Escuchadme: en consideración a la victoria que habéis obtenido, tendré la condescendencia de leeros los apuntes que me han entregado acerca de este tal D’Auverney, y que habré de remitir a manos del fiscal público a la par que el preso. Es un extracto de cierta lista de nombres, a la que no querréis obligarme que añada el vuestro. Hela aquí: Leopoldo Auverney (ex-de), capitán en el regimiento número 32, está convicto: Primo, de haber contado en un conciliábulo de conspiradores cierta fingida historia contrarrevolucionaria, encaminada a poner en ridículo los principios de igualdad y libertad y a ensalzar las añejas supersticiones intituladas trono y religión; secundo, de haberse valido, para caracterizar diversos sucesos memorables, y entre ellos la emancipación de los ex negros de Santo Domingo, de voces que desaprueba todo buen descamisado; tertio, de haber empleado siempre en el hilo de su discurso la palabra señores, y nunca la de ciudadanos; quarto, de haber, por fin, con dicha relación conspirado abiertamente para subvertir la república, a favor de la facción de los girondinos y los brisotistas. Por tales crímenes antipatrióticos merece la muerte. Ahora bien: ¿qué tenéis que decir a esto, general? ¿Protegeréis aún al traidor? ¿Titubearéis aún en entregar a este enemigo de la nación para que sufra la pena merecida?