Muy difícil me fuera explicar lo que pasó por mí al volver de mi primer asombro entre los brazos de María, para quien me había perdonado la existencia el mismo individuo que amenazaba disputarme su tesoro. Más que nunca me sentía irritado contra este inesperado rival, y corrido de deberle la vida. En el fondo del negocio—me decía mi amor propio—, a María es a quien exclusivamente se la debo, pues que el imperio de su voz fué lo que hizo caer el puñal; pero, con todo, no podía ocultárseme a mis propios ojos que había algo de generoso en el sentimiento que movió a mi desconocido rival al perdonarme. Mas ese rival, ¿quién era? Me confundía en sospechas, que se desvanecían las unas a las otras. No podía ser el mestizo en quien se fijaron primero mis celos, porque estaba muy lejos de poseer aquella fuerza extraordinaria, y, además, su voz era diferente. El individuo con quien luché se me figuró que iba desnudo hasta la cintura, y esta especie de traje no lo usaban en la colonia sino los esclavos; pero no podía ser un esclavo. Sentimientos cual los que le habían inducido a arrojar el puñal no juzgaba que pudiesen pertenecer a un ente de esta clase, y, además, me repugnaba bajo todos conceptos la idea de tener a un esclavo por rival. ¿Quién sería, pues? Determiné callarme y observar.

FOOTNOTES:

[3] Víctor Hugo, que posee y aprecia en cuanto valen el lenguaje y la literatura castellana, emplea a menudo en esta obra voces y frases en español, a cuya categoría pertenecen las que van aquí en letra bastardilla y cuantas de la misma se encuentren más adelante. Sin embargo, como hablar un idioma extranjero con propiedad dista mucho de ser fácil empresa, el autor suele cometer incorrecciones, según es dado al lector reconocer; pero movidos del deseo de conservar a la historia su colorido original en cuanto posible fuere, nos hemos resuelto a conservar dichas frases excepto en aquellos casos donde la irregularidad de expresión era demasiado chocante. Sirva esto de aviso en general para lo sucesivo—N. del T.

VII

María había despertado a la anciana nodriza, que le había servido siempre de madre, a quien perdió en la cuna; así, pasé el resto de la noche a su lado, y en cuanto llegó el día, dimos parte a mi tío de tan inexplicable acontecimiento. Su asombro fué extremado; pero tanto su orgullo como el mío no pudo avenirse con la idea de que fuese un esclavo el amante incógnito de su hija. La nodriza recibió órdenes de no separarse de María; y como las sesiones de la asamblea provincial, la inquietud que inspiraba a los principales hacendados el aspecto, cada día más sombrío, de los negocios coloniales; el cuidado, en fin, de sus haciendas, no dejaban a mi tío momento alguno de descanso, me autorizó para que acompañara a su hija en todos sus paseos, mientras llegaba el 22 de agosto, época de nuestro enlace. Al tiempo mismo, empeñado en la creencia de que el nuevo adorador había por fuerza de ser forastero, mandó que se hiciese guardia por todos los confines de sus tierras, de día y de noche, y con mayor vigilancia que jamás anteriormente.

Tomadas tales precauciones de concierto con mi tío, quise yo hacer por mí un ensayo, y así, me encaminé a la glorieta, arreglé cuanto había quedado en desorden la víspera y la adorné con las mismas flores que tenía de costumbre ofrecer a María.

Cuando llegó la hora en que ella solía acudir a aquel retiro, cargué con bala mi escopeta y propuse a mi prima acompañarla al mismo sitio; la nodriza vino con nosotros.

María, sin saber que yo hubiese enmendado los destrozos del día anterior, entró primero en la glorieta.

—Mira, Leopoldo—me dijo—, todo está aquí en el mismo desorden que lo dejamos ayer; mira tu trabajo deshecho, tus flores arrancadas y marchitas; pero lo que me asombra—añadió, cogiendo el ramo de caléndulas silvestres—, lo que me asombra es que este odioso ramo no se haya ajado desde ayer acá; mírale, Leopoldo mío, y dime si no parece acabado de coger.

Yo me había quedado inmóvil de cólera y sorpresa, porque, en efecto, mi tarea de la mañana estaba allí deshecha delante de mis ojos; y aquellas melancólicas y amarillentas flores, cuya frescura extrañaba mi pobre María, habían usurpado con insolencia el puesto de las rosas por mí colocadas.