—Sosiégate—me dijo ella, que percibió mi turbación—; sosiégate, que es una cosa ya pasada, y ese insolente no se atreverá, sin duda, a volver. Arrojemos tales cuidados como yo hago con este odioso ramo.

Tuve buen cuidado de no disipar sus ilusiones, por temor de asustarla, y sin decirle que el que nunca volvería había ya vuelto, le dejé pisotear las caléndulas en su inocente indignación; y luego, creyendo que era llegada la hora de conocer a mi misterioso rival, la hice sentarse en silencio entre su nodriza y yo.

Apenas nos habíamos, en efecto, colocado en nuestro puesto, cuando María se llevó de repente el dedo a la boca, porque un leve son, debilitado entre el susurro del viento y el murmullo de las aguas, acababa de llegar a sus oídos. Púseme a escuchar, y era el mismo preludio lento y melancólico que en la noche anterior había despertado mi ira. Quise lanzarme del asiento; pero un gesto de María me contuvo.

—Detente, Leopoldo—me dijo a media voz—; repara en que va a cantar y a decirnos así probablemente quién sea.

Y no se equivocó María, porque una voz armoniosa, cuyos acentos respiraban a un tiempo mismo algo de varonil y de lastimero, salió en breve de entre lo más espeso de la arboleda y mezcló con los sonoros tonos de una guitarra cierta canción española, que bebieron mis oídos palabra por palabra, con tal ardor que se quedaron éstas grabadas en mi memoria y puedo aun ahora repetir todas sus expresiones[4]:

“¿Por qué huyes de mí, oh, María? ¿Por qué huyes de mí, oh, tierna doncella? ¿De dónde nace ese espanto que hiela tu ánimo cuando me escuchas? ¡Tan terrible aparezco, yo que sé amarte, padecer y cantar!

“Cuando a través de los erguidos cocoteros y de las frondosas alamedas, que baña el río, contemplo deslizarse tus formas puras y aéreas, la vista se me empaña, oh, María, cual si mirase pasar alguna visión celeste.

“Y si escucho, oh, María, los hechiceros y melodiosos acentos que se exhalan de tu boca, juzgo que el corazón acude a latir en mis oídos y mezcla un murmullo lastimero con tu voz armoniosa.

“¡Ay! Tu voz es más suave para mí que el canto mismo de los pajarillos que vuelan libres por la bóveda de los cielos y que vienen de las regiones de mi patria.

“¡De mi patria, donde yo era rey; de mi patria, donde yo era libre!