“¡Libre y rey, oh, doncella! Y todo esto lo olvidaría por ti; olvidaríalo todo: ¡trono, familia, deberes y venganza! Sí, hasta la venganza; aunque ha llegado el instante de madurar ese fruto amargo y delicioso, que tan tardo crece.”

La voz había cantado las estrofas que anteceden, haciendo pausas repetidas y melancólicas; mas al llegar a las últimas palabras, cobró un acento de terrible energía.

“¡Oh, María! Tú eres como la esbelta palma que a los soplos del aura se mece ufana con blando movimiento, y te miras en los ojos de tu amante cual la palma se mira en las cristalinas ondas de la fuente.

“¡Pero qué! ¿Tú lo ignoras por ventura? ¿No sabes que suele alzarse en el desierto un huracán envidioso al contemplar el bien de la fuente preferida? Mírale que llega, y que el aire y la arena se confunden al batir de sus espesas alas; mírale que envuelve al árbol y al manantial en sus abrasadores remolinos. Y la fuente se agota, y siente la palma marchitarse el círculo galano de sus hojas al influjo de aquel mortífero aliento, y se ve despojada de su brillante adorno, majestuoso cual una real corona y elegante cual una verde caballera.

“¡Tiembla, oh, blanca hija de la Española[5]! ¡Tiembla! ¡No sea que todo alrededor tuyo se convierta luego en un huracán y en un páramo sombrío! Entonces llorarás el amor que hubiera podido conducirte hacia mí como el alegre kata, el pájaro de amparo en el desierto, guía hasta la cisterna, por los incultos arenales de Africa, al sediento peregrino.

“¿Ni por qué has de despreciar mi cariño, oh, María? Yo soy rey, y mis sienes descuellan entre todas las frentes humanas. Tú eres blanca, y yo soy negro; pero el día tiene que hermanarse con la noche para dar el ser a los rosados matices de la aurora y a los dorados arreboles de la tarde, más bellos ambos que la luz del mismo día.”

FOOTNOTES:

[4] Aquí añade Víctor Hugo, en una nota, que le parece inútil copiar el romance español que comenzaba: ¿Por qué me huyes, María? Como tal romance o canción en castellano, por supuesto, no existe, habremos de contentarnos con traducir la prosa francesa.—N. del T.

[5] Primer nombre, según sabrán nuestros lectores, que dió Cristóbal Colón a la isla de Santo Domingo, en diciembre de 1492, año del descubrimiento.—N. del A.

VIII