Un prolongado suspiro, que continuó resonando en las cuerdas de la guitarra, acompañó a estas últimas palabras. Estaba yo fuera de mí: “¡Rey! ¡Negro! ¡Esclavo!” Mil ideas incoherentes, despertadas por la inexplicable canción que acabábamos de escuchar, me hervían en el cerebro; un ímpetu violento, una necesidad de aniquilar al ser desconocido que osaba mezclar el nombre de María con sus cánticos de amor y de amenaza, se había apoderado de mi mente. Agarré, frenético, la escopeta y me arrojé afuera; y mientras María, atemorizada, alargaba los brazos para detenerme, estaba ya metido en lo más espeso de la enramada, hacia el punto donde sonó la voz incógnita. Registré la arboleda en todas direcciones, metí el cañón de mi arma por entre los matorrales, di vuelta a los gruesos troncos, sacudí las crecidas hierbas y... en vano; todo, todo en vano. Tan inútil pesquisa, unida a vagas reflexiones acerca de la canción, añadieron cierta vergüenza a mi cólera. ¡Pues qué!, ¿había siempre de escaparse este insolente rival, tanto de mi brazo cuanto a mi comprensión? ¿No podría ni encontrarle, ni adivinar su ser?... En este momento, un ruido de cascabeles vino a sacarme de mi distracción, y al revolverme con rapidez me encontré al lado con el enano Habibrah.

—Buenos días, amo mío—me dijo, haciéndome una reverencia con sumo respeto; pero en su mirada de reojo, que clavó en mí con disimulo, juzgué observar una inexplicable muestra de malicia y un aire de oculto gozo al contemplar el desasosiego estampado en mi frente.

—Habla—le grité con aspereza—y dime si has visto a alguien en este bosque.

—A nadie más que a usted, señor mío—me respondió con serenidad.

—¡Pues qué! ¿No has oído una voz?—le repliqué.

El esclavo se quedó por algún breve espacio como pensando qué responderme, y yo, hirviendo en ira, proseguí:

—Vamos, respóndeme pronto, infeliz: ¿no has oído por aquí una voz?

Clavó descaradamente en mí sus ojos, redondos como los de un gato montés, y contestó:

—¿Qué quiere decir usted con eso de una voz, mi amo? Hay voces dondequiera y de cualquier especie; hay la voz de los pájaros y la de las aguas; hay la voz del viento meciéndose entre las hojas...

Le interrumpí dándole una fuerte sacudida y diciéndole: