—¡Miserable bufón! Deja de tomarme por tu juguete o te haré escuchar muy de cerca la voz que sale del cañón de una carabina. Respóndeme en cuatro palabras: ¿has oído en este bosque a algún hombre cantar una canción española?
—Sí, señor—me replicó, sin parecer conmovido—; y también oí la letra de la música. Atención, amo mío, que voy a contarle cierta cosa. Me iba yo paseando por las cercanías de este bosque, escuchando lo que me decían al oído los cascabeles de la gorra, cuando el viento vino de repente a añadir a semejante concierto algunas palabras de esa lengua que usted llama el español, la primera que tartamudearon mis labios cuando mi edad se contaba, no por años, sino por meses, y cuando mi madre me llevaba colgado de su cuello con fajas de bayeta roja y amarilla. Yo amo esa lengua porque me recuerda el tiempo en que yo era chiquito y aún no era enano, en que era un niño y no un bufón imbécil; me acerqué, pues, y escuché el fin de la canción.
—¿Y qué?—repuse yo impaciente—. ¿Es eso todo cuanto alcanzas?
—Sí, señor, amo hermoso; pero si usted quiere, le diré quién era el hombre que cantaba.
Creí que iba a abrazar al enano.
—¡Habla, habla, Habibrah! ¡Ahí tienes mi bolsa, y diez bolsas aún más llenas serán tuyas si me enseñas a ese hombre!
Tomó la bolsa, la abrió y se sonrió.
—¡Diez bolsas más llenas que ésta! ¡Qué demonio! ¡Eso haría una fanega llena de pesos con el retrato del rey Luis quince, tantos cuantos bastarían para sembrar las tierras del mágico de Granada Altornino, que poseía la ciencia de hacer crecer buenos doblones! Pero, vamos, no se incomode usted, señorito, que allá voy al grano. Acuérdese usted, señor, de las últimas palabras de la canción: “Tú eres blanca y yo soy negro; pero el día tiene que hermanarse con la noche para dar el ser a los rosados matices de la aurora y a los dorados arreboles de la tarde, más bellos ambos que la luz del mismo día.” Ahora bien: si la canción dice la verdad, el mulato Habibrah, su humilde, esclavo, nacido de un blanco y de una negra, es más hermoso que usted mismo, señorito. Yo soy el producto de la unión del día y de la noche; yo soy la aurora o la tarde de que habla la canción española, y usted no es más que la luz del día. Luego yo soy más hermoso que usted, si usted lo quiere; yo soy más hermoso que un blanco...
Y el enano mezclaba con tan extrañas digresiones grandes carcajadas de risa. Volví entonces a interrumpirle, diciendo:
—¿Adónde vas a parar con tales extravagancias? ¿Acaso nada de lo que hablas puede indicarme quién era el hombre que cantaba en el bosque?