XI
Ya podrán ustedes imaginarse, señores, hasta qué grado habían avivado mi interés y curiosidad tales circunstancias. Empecé a hacer indagaciones respecto del preso, y el resultado me proporcionó relaciones a lo sumo extrañas. Dijéronme que todos sus compañeros manifestaban el mayor respeto hacia aquel joven, y que esclavo él mismo, le bastaba una mínima señal para hacerse obedecer. No había nacido en la hacienda, ni se le conocía ni padre ni madre, y aseguraban que pocos años atrás había aportado en un buque negrero a las playas de Santo Domingo. Esta circunstancia hacía aún más notable el imperio que ejercía sobre todos sus compañeros, sin exceptuar siquiera a los negros criollos, los que, como ustedes sabrán quizá, profesan por lo común el más profundo desprecio hacia los negros congos, expresión, impropia por lo demasiado general, con la que se designaba en la colonia a todos esclavos traídos del Africa.
Aun cuando parecía absorto en excesiva melancolía, su fuerza extraordinaria, junto a su habilidad maravillosa, le hacían un ente inapreciable para las faenas de la finca. Andaba a la noria por más tiempo y más de priesa que el mejor caballo y a veces le sucedió despachar en un solo día la tarea de diez de sus camaradas, por libertarlos del castigo a que estarían sujetos o por indolencia o por cansancio. Así es que era adorado por los esclavos; pero la veneración que le tributaban, muy diversa del terror supersticioso que les infundía el bufón Habibrah, parecía que dimanaba de alguna causa secreta: era una especie de culto.
—Lo que hay de más extraño—me decían—es el verle tan blando y llano de condición con sus iguales, que se glorian de obedecerle, como altivo y orgulloso con los capataces de nuestras cuadrillas.
Justo, por otra parte, será el decir que estos esclavos privilegiados, eslabones intermedios que en cierto modo ligaban entre sí la cadena de la servidumbre y la del despotismo, reuniendo a la ruindad de su condición la insolencia de su autoridad, se tomaban un placer maligno en colmarle de trabajo y de vejaciones. Parece, sin embargo, que no podían dejar de respetar el sentimiento de orgullo que le arrastró a cometer el ultraje contra mi tío. Ninguno de ellos había osado imponerle castigos humillantes, y si por ventura le habían amenazado, veinte negros se levantaban luego para sufrir en su lugar la sentencia, y él, inmóvil, presenciaba aplicarles la pena, como si en ello no hubiese hecho más que cumplir con sus deberes. Este hombre extraordinario era conocido en la hacienda con el nombre de Pierrot.
XII
Todos estos pormenores exaltaron mi imaginación juvenil, mientras María, llena de gratitud y compasión, participaba y aplaudía mi entusiasmo; y de tal manera se granjeó Pierrot nuestra simpatía, que me determiné a verle y servirle de ayuda. Empecé, pues, a pensar en los medios de hablarle.
Aunque en extremo joven, era yo, como sobrino de uno de los hacendados más opulentos del Cabo, capitán de milicias en la parroquia del Acul. El castillo de Galifet estaba entregado a nuestra custodia y a la de un destacamento de dragones amarillos, cuyo jefe, por lo común un suboficial, tenía el mando de la fortaleza. Sucedió cabalmente que el comandante a la sazón era hermano de un hacendado pobre, a quien tuve la fortuna de poder hacerle importantes favores, y pronto, por lo tanto, a sacrificarse por mí...
En esto, todo el auditorio interrumpió a D’Auverney, nombrando a Tadeo.
—Lo han adivinado, señores—repuso el capitán—; y ahora les será fácil comprender que no me costó trabajo lograr que me diera entrada en el calabozo del negro. Como capitán de milicias, tenía yo derecho para visitar el castillo; pero, a fin de no inspirar sospechas a mi tío, encendido aún en cólera, tuve cuidado de ir a la hora en que dormía su siesta. Los soldados, también con excepción de los centinelas, estaban entregados al sueño, y sin que nadie nos observara, llegué, guiado por Tadeo, a la puerta del calabozo. Tadeo la abrió y se retiró, y yo me entré adentro.