El negro estaba sentado porque su estatura no le permitía permanecer erguido, y no se hallaba solo, pues un enorme perrazo se levantó en seguida y vino hacia mí gruñendo.
—¡Rask!—gritó el negro.
Y el cachorro calló y volvió a echarse a los pies de su amo, donde acabó de devorar algunos miserables alimentos.
Yo iba vestido de uniforme, y la luz que difundía en el reducido calabozo una claraboya era tan escasa que Pierrot no alcanzaba a distinguir quién yo fuese.
—Estoy pronto—me dijo con tono sereno.
Y al acabar estas palabras se medio incorporó, y volvió a repetir:
—Estoy pronto.
—Yo creía—le dije, sorprendido con la soltura de sus movimientos—que tenías grillos.
La emoción me puso la voz trémula, y él pareció no reconocerla. Entonces empujó con el pie algunos escombros, que dieron un sonido metálico, y respondió:
—¡Los grillos! Los he roto.