Y había en el acento con que pronunció tales palabras algo como que daba a entender: “No he nacido para arrastrar cadenas.”

Yo repuse:

—Tampoco me habían dicho que tuvieses un perro.

—Yo le he dado entrada—replicó.

A cada paso crecía mi admiración. La puerta del calabozo estaba cerrada por la parte exterior con triples cerrojos, y la claraboya, que apenas tendría seis pulgadas de ancho, estaba resguardada con dos barras de hierro. Pareció como que comprendía mis cavilaciones, porque, levantándose en cuanto la bóveda, demasiado baja, se lo permitía, movió de su puesto sin esfuerzo un enorme sillar, situado debajo de la claraboya; arrancó las rejas, enclavadas en la pared por encima de esta piedra, y abrió de esta manera un boquete por donde podían entrar dos hombres sin estorbo, y que estaba al andar de una arboleda de plátanos y cocoteros, que cubre el morro adonde el fuerte estaba adosado.

La sorpresa me dejó mudo, y, en esto, un rayo de luz, entrando por la abertura, iluminó de súbito mi semblante. El preso dió un salto como si hubiese puesto por azar el pie sobre una serpiente, y golpeó con la frente las piedras de la bóveda. Una mezcla indescifrable de mil encontrados afectos, una muestra extraña de odio, de cariño y de doloroso asombro, lucieron rápidamente en sus ojos; pero recobrando por un esfuerzo repentino el dominio sobre sus pensamientos, la fisonomía, cuando más no fuera, volvió en menos de un instante al anterior sosiego, y, clavando su vista en la mía, me contempló cara a cara como a un desconocido, diciendo:

—Puedo vivir aún dos días sin comer.

Hice un gesto de horror al reparar entonces en lo descarnado de su aspecto, y él prosiguió:

—Mi perro no quiere comer sino de mi mano, y si yo no hubiera agrandado la claraboya, se habría muerto de hambre el pobre Rask. Más vale que sea yo el que muera y no él, porque, al cabo, de cualquier modo he de morir.

—¡No!—exclamé—. ¡No perecerás tú de hambre!