No me comprendió, y contestó, sonriéndose con amargura:
—Verdad es que hubiera podido vivir aún dos días sin comer; pero siempre estoy pronto, señor oficial, y mejor es hoy que mañana. Lo que pido es que no se le haga daño a Rask.
Entonces me apercibí de lo que daba a entender con su frase estoy pronto. Acusado de un crimen que se castigaba con pena de muerte, creyó que yo venía para conducirle al patíbulo, y aquel hombre, dotado de fuerzas colosales, le decía sereno a un mero niño Estoy pronto, cuando todos los medios de huída estaban a su arbitrio.
—Que no se le haga daño a Rask—repitió de nuevo.
A esto no pude contenerme:
—Pues ¿qué—le dije—, no sólo me tomas por tu verdugo, sino que hasta dudas de mi humanidad hacia este pobre perro, que ningún mal ha hecho?
Se enterneció y se le alteró la voz al decirme, alargándome la mano:
—Perdóname, blanco, porque quiero mucho a mi perro; y los tuyos—añadió después de una breve pausa—, los tuyos me han causado muchos males.
Le abracé, le apreté la mano, le saqué de su error y le pregunté:
—Pues qué, ¿no me conoces?