Su aire era imponente, y sin entender muy a las claras lo que significaban tales palabras: si en algún tiempo desconfías de mí, le juré cuanto apetecía. Tomó entonces la cáscara del coco que cogió el día de mi primera visita, y que desde aquel momento conservaba, la llenó de vino de palmas, me incitó a llevármela a los labios y luego bebió todo el licor de un solo trago. Desde aquel momento ya no me dió otro nombre que el de hermano.

Mientras tanto, yo empezaba a concebir algunas esperanzas. Mi tío se había apaciguado un tanto, y los regocijos para celebrar mi próximo casamiento con su hija le habían inclinado el ánimo a ideas de mayor blandura. A cada paso le hacía presente que Pierrot no llevaba intenciones de ofenderle, sino de estorbarle un acto de severidad quizá excesiva; que ese negro, por su atrevida pelea con el caimán, había salvado a María de una muerte segura; que le debíamos ambos, él a su hija y yo a mi esposa; que, además, Pierrot era el más vigoroso de sus esclavos—porque no soñaba ya en obtener su libertad, sino que se contentaba con su vida—; que él, a solas, trabajaba tanto como otros diez negros cualesquiera; y, en fin, que sobraba con sus brazos para poner en movimiento los cilindros de un molino de azúcar. Mi tío me escuchaba y aun me daba a entender que quizá haría desistimiento de la queja. Sin embargo, no le hablé al negro de mis esperanzas, queriendo gozar del placer de anunciarle su libertad por entero si la conseguía; pero lo que causaba admiración era el ver que, creyéndose próximo a la muerte, no se aprovechaba de los medios de fuga de que disponía. Cuando se lo manifesté, respondió con frialdad:

—Juzgarían que tengo miedo.

XIV

Una mañana vino hacia mí María inundada de gozo, y lucía en su dulce semblante algo de más angelical aun que los contentos del amor más puro. Era el pensamiento de una buena acción.

—Escucha—me dijo—: dentro de tres días llegarán el 22 de agosto y nuestra boda. Pronto...

Yo le interrumpí, contestando:

—No digas pronto, María, cuando faltan tres días aún.

Se sonrió, ruborizándose, y prosiguió:

—No me turbes, Leopoldo, que me ha venido una idea que te pondrá contento. Sabes que ayer fuí a la ciudad con mi padre para comprar los tocados para mi casamiento; no que me importen esos brillantes ni esas joyas, que no me han de hacer más hermosa a tus ojos, porque yo daría todas las perlas del mundo por una de aquellas flores que me quitó el tunante del ramo de caléndulas; pero, al fin, mi padre quiere colmarme de tales regalos y tengo que aparentar deseo por complacerle. Ayer vimos una basquiña floreada de raso de China, metida en un cofrecito de palo de olor, que me llamó mucho la atención. Es cosa muy cara, pero muy extraña y muy bonita. Mi padre observó lo mucho que yo la miraba, y cuando volvimos a casa le pedí que me prometiera concederme una súplica, al modo de los antiguos paladines; ya sabes cuánto le gusta que se le compare con los caballeros antiguos. Me juró, pues, por su honor que me concedería la primera cosa que le pidiera, fuese cual fuese, y se figura que será la basquiña de raso de China; pero nada de eso, que será la vida de Pierrot. Este será mi regalo de boda.