No pude menos de estrechar a aquel ángel entre mis brazos; y como la palabra de mi tío era cosa sagrada, mientras que María iba a reclamar su cumplimiento, yo acudí de carrera al castillo de Galifet para anunciarle a Pierrot su perdón, ya positivo.
—¡Hermano!—le grité al entrar—. ¡Hermano, regocíjate, que tu vida está en salvo! María la ha pedido a su padre por regalo de boda.
El esclavo se estremeció.
—¡María! ¡Boda! ¡Mi vida! ¿Cómo pueden hermanarse tales cosas?
—Es muy sencillo—le respondí—. María, a quien le salvaste la vida también, se casa...
—¿Con quién?—exclamó el esclavo, y sus miradas eran desatentadas y terribles.
—¿Pues no lo sabes?—le repliqué con blandura—. Conmigo.
Entonces su formidable rostro volvió a aparecer amistoso y resignado.
—¡Sí! Verdad es. ¡Contigo!—me dijo—. ¿Y cuál es el día señalado?
—El 22 de agosto.