—¡El 22 de agosto! ¿Estás demente?—repuso con expresión de temor y congoja.

Aquí se detuvo y le miré atónito. Después de un breve rato de silencio, me estrechó la mano con fervor.

—Hermano, en cuanto cabe debo mi boca darte un consejo. Créeme: anda, ve a la ciudad del Cabo y celebra tu casamiento antes del día 22.

En vano quise averiguar el sentido de aquellas enigmáticas palabras.

—Adiós—me dijo con voz solemne—. Quizá ya he dicho demasiado; pero aborrezco aún más la ingratitud que el perjurio.

Me separé, pues, de él lleno de indecisión e inquietud, las cuales, sin embargo, pronto se disiparon entre las ilusiones de mi ventura.

Aquel mismo día retiró mi tío su querella, y yo volví al castillo para dar suelta a Pierrot. Tadeo, sabiendo que estaba libre, entró conmigo en el encierro; pero... Pierrot había desaparecido. Rask, que se encontraba solo, se me acercó haciéndome fiestas, y como reparé que traía atada al cuello una hoja de palma, se la quité y leí lo que sigue: Gracias, hermano, porque me has salvado por tercera vez la vida. Hermano, no olvides tus promesas. Y debajo estaban escritas, en lugar de firma, las palabras Yo, que soy contrabandista.

Tadeo estaba aún más asombrado que yo, porque ignoraba el secreto de la abertura en la pared, y se le ocurrió si el negro se habría transformado en perro. Yo le dejé creer cuanto se le antojara, contentándome con exigirle el secreto sobre lo que había presenciado. También quise llevarme a Rask; pero al salir del castillo se metió por las malezas, y luego le perdí de vista.

XV

Mi tío se indignó con la evasión del esclavo. Mandó hacer pesquisas, y escribió al gobernador para que pusiesen a su disposición a Pierrot, en caso de encontrarlo.