Llegó en esto por fin el 22 de agosto, y mi enlace con María se celebró con gran pompa en la parroquia del Acul. ¡Cuán feliz fué aquel día, en que iban a tener comienzo mis desgracias! Estaba yo embriagado de cierto júbilo, que no sabré explicar a quien no lo haya experimentado, y a Pierrot y a sus funestos vaticinios los arrojé del todo de mi memoria. Vino, al cabo, la ansiada noche, y mi tierna esposa se retiró al aposento nupcial, donde no pude seguirla tan luego como lo apetecía. Un deber penoso, pero indispensable, reclamaba antes mi presencia: el empleo de capitán de milicias exigía que saliese de ronda por los cuerpos de guardia de la vega. Semejante precaución se había hecho en aquella época imperiosamente necesaria, de resultas de los disturbios de la colonia; de los levantamientos aislados de los negros, tentativas que, si bien con facilidad sofocadas, se habían repetido en los meses de junio y julio, y aun a los principios de agosto, en las haciendas de Thibaud y Lagoscette; y de resultas, en fin, y más principalmente, de las pésimas disposiciones de los mulatos libres, agriados y no atemorizados con la justicia, aun reciente, del rebelde Ogé. Mi tío fué el primero en recordarme mi obligación, y tuve que resignarme a cumplirla. Vestí, pues, mi uniforme y salí. Visité los primeros puestos sin encontrar motivos de recelo; pero hacia la media noche, cuando recorría distraído las baterías a orillas del mar, vi despuntar en el horizonte una vislumbre rojiza, que fué creciendo y extendiendo sus resplandores por el lado de Limonade y de San Luis de Morin. Al pronto, los soldados y yo lo atribuímos todos a algún incendio casual; mas un momento después, las llamas se hicieron tan visibles, y el humo, empujado por el viento, acrecentó y espesó a tal punto sus remolinos, que tomé con rapidez el camino de la fortaleza para dar la alarma y enviar socorros. Al pasar por junto las chozas de nuestros negros, me quedé admirado de la agitación que reinaba. La mayor parte estaban aún en pie y hablaban entre sí con viveza extraordinaria, de modo que un nombre extraño, Bug-Jargal, se repetía con frecuencia en medio de aquella su ininteligible jerigonza. Logré, sin embargo, coger varias palabras cuyo sentido anunciaba, a mi entender, que los negros de la llanura del norte estaban en insurrección abierta y entregaban a las llamas los plantíos y habitaciones situadas al otro lado de la ciudad del Cabo. A la par tropecé con el pie, al atravesar un pantano, en un montón de hachas y azadones escondidos entre los juncos y los mangles. En zozobra, y no sin causa, hice ponerse al punto sobre las armas a todos los milicianos del Acul, y mandé vigilar a los esclavos. Con esto volvió todo a entrar en el sosiego de costumbre.

Pero, mientras tanto, parecía como si el estrago creciera a cada instante y fuera avecinándose al Limbé; hasta había quien se imaginaba oír el estrépito lejano de los cañones y de las descargas de fusilería. Hacia las dos de la mañana, mi tío, a quien había despertado, no pudiendo calmar su ansiedad, me ordenó dejar en el Acul parte de la milicia al mando del teniente, y, obedeciendo a sus preceptos, porque, según dejé ya dicho, era diputado de la asamblea provincial, salí con el resto de mis soldados en dirección del Cabo, cuando María estaba o aguardándome o entregada al sueño.

Jamás olvidaré el aspecto de la ciudad al tiempo de aproximarme. Las llamas, que iban ya devorando las haciendas de sus contornos, esparcían un lúgubre reflejo, obscurecido por los torrentes de humo, que el viento empujaba por las calles. Chorros de chispas encendidas, producidas por las leves e inflamadas hojas de la caña y lanzadas con violencia por el viento, cual espesos copos de nieve, sobre los techos de las habitaciones y la jarcia de los barcos fondeados en la bahía, amenazaban a cada instante a la ciudad del Cabo con un incendio no menos espantoso del que ardía en sus inmediaciones. Era un espectáculo horrible e imponente el ver por una parte a los pálidos vecinos exponiendo la vida por disputarle al crudo azote el único asilo que de tantas riquezas aún conservaban, mientras por otra los buques, temerosos de igual suerte y favorecidos siquiera por aquel viento, tan funesto para los infelices habitantes, se alejaban a toda vela por un mar teñido por los sanguíneos resplandores del incendio.

XVI

Aturdido con el cañoneo de los fuertes, el clamor de los fugitivos y el lejano ruido de los edificios desplomados, no sabía hacia qué punto encaminar mi tropa, cuando nos encontramos en la plaza de armas con el capitán de los Dragones amarillos, que nos sirvió de guía. No me detendré, señores, en describir el cuadro que ofrecía la campiña incendiada. Bastantes hay que han pintado estos primeros desastres del Cabo, y mi ánimo necesita pasar de ligero por tales recuerdos, que encierran en sí fuego y sangre. Me contentaré así con decir que los negros insurgentes eran ya dueños del Dondon, de la Madriguera Roja, de la aldea de Onanaminte y hasta de los desgraciados plantíos del Limbé, lo que me llenó de zozobra, a causa de su proximidad al distrito del Acul.

Corrí precipitado al palacio del gobernador, M. de Blanchelande, donde todo se hallaba en la mayor confusión, incluso la cabeza del dueño, y le pedí órdenes, suplicándole encarecidamente que proveyera a la seguridad del Acul, que se tenía ya por amenazado. Estaban con él M. De Rouvray, mariscal de campo, y uno de los más ricos hacendados de la isla; M. De Touzard, teniente coronel del regimiento del Cabo; algunos miembros de ambas asambleas, general y provincial, y muchas personas de viso en la colonia, y en el momento de mi entrada, esta especie de consejo estaba en deliberación con extraordinario desorden.

—Señor gobernador—decía un miembro de la asamblea provincial—, demasiado cierto es eso. Son los esclavos y no la gente de color libre. Ya hace largo tiempo que lo teníamos anunciado y predicho.

—Ustedes lo decían, pero sin creer en ello—respondió agriamente un miembro de la asamblea colonial, llamada general—. Lo decían para ganarse crédito a expensas nuestras; pero tan lejos estaban de creer en un levantamiento formal, que las intrigas de su asamblea fueron las que desde 1789 inventaron aquella famosa y ridícula rebelión de tres mil esclavos en los montes del Cabo, rebelión en la que se redujeron los muertos a un guardia nacional, y aun ése murió a manos de sus propios compañeros.

—Repito—repuso el provincial—que vimos más claro, y la causa es muy sencilla. Nosotros nos quedamos aquí para observar los negocios de la colonia, mientras su asamblea de ustedes se fué a Francia en busca de aquella risible pompa, que acabó en una reprimenda de la representación nacional; ridiculus mus.

El diputado de la asamblea general respondió con amargo desdén: