—Todos hemos sido reelectos unánimemente por nuestros conciudadanos.

—Ustedes—replicó el otro—han dado causa con sus exageraciones a que se paseara por las calles la cabeza del infeliz que entró en un café sin la cucarda tricolor, y de que se ahorcara al mulato Lambert con pretexto de una petición que empezaba por estas palabras inusitadas: “En nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.”

—¡Falso!—exclamó el de la general—. Eso proviene de la lucha de los principios con los privilegios, de los jorobados y de los torcidos.

—¡Ya me lo tenía yo tragado que usted era un independiente!

A semejante apodo del diputado de la asamblea provincial, su adversario respondió con aire de triunfo:

—Eso es declararse usted un plumero blanco, y le felicito por la confesión.

Quizá la disputa hubiese pasado aún más adelante si el gobernador no se metiera de por medio.

—Vamos, señores, ¿qué tiene nada de eso que ver con el peligro inminente que nos amenaza? Aconséjenme ustedes en vez de insultarse los unos a los otros. He aquí los partes que me han llegado a las manos. La rebelión estalló esta noche, a las diez, entre los negros del ingenio de Turpin. Los esclavos, acaudillados por un negro inglés, a quien llaman Bouckmann, han arrastrado tras sí a los de las fincas de Clément, Trémès, Flaville y Noé. Han incendiado todas las haciendas y asesinado a los amos, cometiendo crueldades inauditas. Un solo hecho bastará para que puedan ustedes comprender de lleno tales horrores: ¡el cadáver de un niño ensartado en una lanza les sirve de bandera!

Una exclamación general interrumpió a M. De Blanchelande.

—Eso es lo que pasa por las afueras—continuó—. En lo interior de la población, todo anda trastornado. Muchos vecinos del Cabo han dado muerte a sus esclavos porque el miedo los ha hecho crueles; los más compasivos o más valientes se han contentado con encerrarlos bajo llave. La población blanca pobre acusa de tales desastres a los pardos de color, y varios mulatos estuvieron para caer víctimas del furor popular; de modo que, para libertarlos, les he dado a todos por refugio una iglesia, donde están custodiados por un batallón. Por fin, ahora, para probar que no son cómplices de los negros, los pardos me piden armas y que se les señale un punto de defensa.