—No se haga tal—prorrumpió una voz, que luego reconocí por la del hacendado sobre quien recaían sospechas de no tener muy limpia la sangre, y que tuvo poco antes conmigo un desafío—. No se arriesgue usted, señor gobernador, a darles armas a los mulatos.
—Pues qué, ¿no quiere usted batirse?—le dijo con aspereza uno de los concurrentes.
Pero él, no dándose por entendido, prosiguió:
—Los mulatos son nuestros peores enemigos, y los únicos de temer. Confieso que una rebelión era de esperar; pero de su parte, y no de la de los esclavos. ¿Acaso los esclavos son nada de por sí?
El pobre hombre creía, con tales invectivas contra los mulatos, destruir en el ánimo de los blancos que le oían la idea de que perteneciese a aquella casta tan degradada; pero era demasiado ruin su intento para que se le lograse, como lo dió a entender un murmullo de desaprobación.
—Sí, señor—dijo el anciano general Rouvray—; sí, señor; los esclavos son algo, porque son cuarenta contra tres, y en mal lance nos veríamos si no tuviéramos para hacer frente a los negros y a los mulatos otros blancos que los de su especie de usted.
El hacendado se mordió los labios.
—Mi general—repuso el gobernador—, ¿qué opina usted de la petición de los mulatos?
—Darles armas, señor gobernador, y correr a todo trapo—respondió M. De Rouvray.
Y luego, encarándose con el pobre sospechado, añadió: