—Ya lo oye usted, caballero, y es tiempo de que vaya a tomar sus armas.
El hacendado, humillado, salió del aposento dando indicios de una ira reconcentrada. Mientras tanto, los clamores de angustia que resonaban por toda la ciudad se oían crecer de momento en momento en la estancia del gobernador y recordaban a los circunstantes el motivo de la conferencia. M. De Blanchelande entregó a uno de sus ayudantes una orden escrita de prisa con lápiz, y rompió el lúgubre silencio en que todos escuchaban aquel espantoso rumor:
—Señores, ya se les va a dar armas a los pardos; pero aún nos quedan muchas disposiciones por tomar.
—Es preciso convocar la asamblea provincial—dijo el diputado de la misma, que tenía la palabra en el momento que yo entré.
—¡La asamblea provincial!—repuso su antagonista el de la colonial—. ¿Qué significa tal asamblea?
—¡Porque usted es diputado de la asamblea colonial!—repuso el plumero blanco.
El independiente le interrumpió:
—No conozco la colonial mejor que la provincial. No hay más asamblea que la general, ¿entiende usted, señor?
—Pues bien—replicó el plumero blanco—: yo os digo que la asamblea nacional de París es la única.
—Convocar la asamblea provincial—repetía, riendo, el independiente—; como si no hubiera sido disuelta desde el momento en que la general decidió celebrar sus sesiones aquí.