Una reclamación universal salió del auditorio, fatigado de tan ociosas disputas.

—Mientras ustedes, señores diputados, se entretienen en pamplinas semejantes—dijo un refaccionista—, ¿qué se hace de mi algodonal y el plantío de cochinilla?

—¿Y de mis cuatrocientas mil matas de añil que tengo en el Limbé?—añadió un hacendado.

—¿Y de mis esclavos, pagados a treinta pesos, uno con otro?—prorrumpió el capitán de un buque negrero.

—Cada minuto que se pierde—proseguía otro hacendado—me cuesta, con el reloj y el arancel en la mano, diez quintales de azúcar, que, a diez y siete pesetas el quintal, hacen ciento treinta libras, y diez sueldos en moneda de Francia.

—La colonial, a que usted llama general—continuó uno de los contendientes, dominando el bullicio a fuerza de pulmones—, es una usurpadora. Que se quede en Puerto Príncipe fabricando y expidiendo decretos para dos leguas en cuadro de territorio, y que nos deje aquí en sosiego. El Cabo está bajo la jurisdicción del Congreso provincial del Norte, y de nadie más.

—Yo sostengo—respondió el independiente—que su excelencia el señor gobernador no goza de derecho para convocar otra asamblea que la general de los representantes de la colonia, presidida por M. De Cadusch.

—Pues ¿adónde está ese presidente?—preguntó el plumero blanco—. ¿Adónde está su asamblea? Ni cuatro individuos han llegado, mientras la provincial entera se halla presente. ¿Querría usted, por casualidad, representar en su sola persona a toda una asamblea y a toda una colonia?

Esta rivalidad de entrambos diputados, fieles órganos de sus corporaciones respectivas, exigió de nuevo la intervención del gobernador.

—¿Adónde van ustedes a parar, señores, con sus sempiternas asambleas provincial, general, colonial, nacional?... ¿Servirá de mucho para ilustrar a esta corporación invocar así el nombre de otras tres o cuatro?...