—¡Voto a Dios!—gritó con voz de trueno el general Rouvray, dando una fuerte palmada en la mesa del Consejo—, ¡y qué endemoniados parlanchines! ¡Mejor quisiera habérmelas a voces con un cañón de a veinticuatro! ¿Qué se nos da de esas dos asambleas que se disputan el paso como dos compañías de granaderos al subir a la brecha? Pues bien, señor gobernador: lo mejor será convocarlas a ambas, y yo organizaré con ellas dos batallones para salir a campaña contra los negros. Veremos si hacen tanto ruido con los fusiles como con la lengua.

Después de esta áspera rociada, volviéndose hacia mí, que estaba a su lado, me dijo a media voz:

—¿Qué quiere usted que haga un gobernador nombrado por el rey entre dos asambleas de Santo Domingo que se pretenden soberanas? Los habladores y los abogados son quienes lo echan todo a perder aquí, como en la metrópoli. Si yo tuviera la honra de ser el señor teniente general, pondría de patas en la calle a toda esa canalla, diciéndoles: El rey, reina, y yo mando; enviaría a Barrabás la responsabilidad hacia esos llamados representantes, y con diez cruces de San Luis, prometidas a nombre de Su Majestad, encerraría en un abrir y cerrar de ojos a todos los rebeldes en la isla de la Tortuga, habitación en algún tiempo de otros bandidos semejantes, los piratas. Joven, acuérdese usted de lo que le digo. Los filósofos engendraron a los filántropos, quienes procrearon a su vez a los negrófilos, los que nos van dando a luz los matablancos, que así se llamarán mientras se les busca un nombre griego-latino. Esas fingidas ideas liberales con que se embriagan en Francia son un veneno bajo la latitud de los Trópicos. Convenía tratar a los negros con blandura, pero no llamarlos a una emancipación tan repentina. Todos los horrores que se ven hoy en Santo Domingo provienen de la sociedad patriótica de Massiac, y la insurrección de los esclavos no es más que un golpe de rebote de la toma de la Bastilla.

Mientras que el veterano me explicaba sus opiniones políticas, respirando franqueza y convencimiento, seguían los tempestuosos debates. Un hacendado del corto número que participaba del frenesí revolucionario, y que tomaba el título de ciudadano general C..., porque había servido de caudillo en algunas escenas de carnicería, exclamó:

—Antes se necesita dar ejemplos que pelear. Las naciones exigen lecciones terribles: atemoricemos, pues, a los negros. Yo soy quien apaciguó los levantamientos de junio y julio poniendo en la entrada de mi finca cincuenta cabezas de negros clavadas cada cual en una estaca y colocadas como árboles a estilo de alameda. Que cada uno dé su cuota para la proposición que voy a hacer, y defendamos las murallas del Cabo con los negros que aún nos quedan.

—¿Cómo?... ¡Qué imprudencia!—empezaron todos a decir.

—Ustedes no me comprenden, señores—repuso el ciudadano general—. Hagamos un cordón con cabezas de negros que rodee la ciudad desde el castillo de Picolet hasta la punta del Caracol, y sus compañeros los insurgentes no se atreverán a acercarse. En circunstancias como las presentes es menester sacrificarse por el bien general, y yo lo haré el primero. Quinientos negros me quedan sumisos, y los pongo a disposición de la Junta.

La propuesta se recibió con un movimiento general de horror y voces unánimes de “¡Horrible! ¡Abominable!”

—Medidas de esa naturaleza son las que lo han arruinado todo—dijo otro hacendado—. Si no se hubieran dado tanta prisa en ajusticiar a los insurgentes de junio y julio, se habría podido coger el hilo de la conspiración, y no que ahora el verdugo lo ha cortado con su hacha.

El ciudadano C... observó por algunos instantes el silencio propio de un despechado, y luego empezó a refunfuñar entre dientes: