—Pues, con todo, me tenía y me tengo por persona no sospechosa. Soy amigo de todos los negrófilos del mundo, y corresponsal de Brissot y de Pruneau de Pomme-Gouge en Francia; de Hans Sloane, en Inglaterra; de Magaw, en América; de Pezll, en Alemania; de Olivarius, en Dinamarca; de Wadstrohm, en Suecia; de Peter Paulus, en Holanda; de Avendaño, en España, y del abate Pedro Tamburini, en Italia.

A medida que adelantaba en su catálogo de negrófilos, iba alzando la voz, y, por último, concluyó con decir:

—¡Pero aquí no se entiende pizca de filosofía!

M. De Blanchelande pidió por tercera vez que se recogieran los votos.

—Señor gobernador—dijo una voz—, mi parecer es que nos embarquemos todos en el Leopardo, que está en la bahía.

—Que se pregone la cabeza de Bouckmann—dijo otro.

—Que se le envíe un aviso al gobernador de la Jamaica—dijo el tercero.

—Sí, para que nos mande otra vez el risible socorro de quinientos fusiles—respondió un diputado de la provincial—. Lo mejor será enviar una consulta a Francia y aguardar la respuesta.

—¡Aguardar!, ¡aguardar!—prorrumpió M. De Rouvray con energía—. Y los negros, ¿aguardarán? Y la llama, tan vecina, que va a devorar a la ciudad, ¿aguardará también? M. De Touzard, mande usted tocar generala; agarre artillería y salga con sus granaderos y cazadores contra el grueso de los rebeldes. Usted, señor gobernador, establezca campamentos en todas las parroquias de Levante y guardias de observación en Trou y en Vallieres, y yo me encargo de las vegas del castillo del Delfín. Dirigiré los trabajos; mi abuelo, que era maestre de campo del regimiento de Normandía, ha servido a las órdenes del señor mariscal de Vauban; yo he estudiado a Folard y Bezont, y tengo un poco de práctica en defender un país abierto. Además, como las vegas del fuerte del Delfín, rodeadas casi por el mar y las fronteras españolas, parecen una península, se defenderán en cierta manera por sí solas. Igual ventaja presenta la península del Muelle. En fin, aprovechémonos de todo, y manos a la obra.

El lenguaje enérgico y positivo del militar de experiencia acalló de repente toda la discordancia de votos y de opiniones. El general acertaba, y aquel instinto que cada cual posee para distinguir lo que le conviene, reunió todos los pareceres al de M. De Rouvray; y mientras el gobernador le manifestaba en un apretón amistoso de la mano cuánto agradecía el valor de sus consejos, bien que dados a modo de orden, y la importancia de su auxilio, el resto de la concurrencia reclamaba la pronta ejecución de dichas medidas. Los únicos dos diputados de entrambas asambleas rivales aparentaban disentir del asenso general, y cada cual en su rincón hablaba entre dientes de usurpación de facultades por parte del poder ejecutivo, de resoluciones atropelladas y de exigir la responsabilidad.