Este libro ha sido, pues, escrito dos años antes que Han de Islandia. Y aunque siete años después, en 1825, el autor lo haya corregido y vuelto a escribir en gran parte, es, por el fondo y por muchos detalles, la primera obra del autor, el cual pide perdón a sus lectores por hablarle de cosas tan insignificantes.

Pero ha creído que al corto número de personas que gustan de clasificar por orden de talla y de nacimiento las obras de un poeta, por obscuro que sea, no le sabría mal que le dieran a conocer la edad de Bug-Jargal; y en cuanto a él, como esos viajeros que se vuelven en medio del camino y tratan de descubrir en los brumosos pliegues del horizonte el lugar de donde salieron, ha querido dar aquí un recuerdo a aquella época de serenidad, de audacia y de confianza, en que abordaba de frente un tema tan inmenso: la rebelión de los negros de Santo Domingo en 1791, lucha de gigantes; tres mundos interesados en la cuestión: Europa y Africa por combatientes, América por campo de batalla.

24 de marzo de 1832.

BUG-JARGAL


I

Cuando le llegó su vez al capitán Leopoldo d’Auverney, se quedó un tanto espantado, y aseguró a la concurrencia que no sabía de ningún incidente de su vida que mereciese llamar la atención.

—Pero ¿cómo es eso, capitán—le respondió el teniente Enrique—, cuando ha viajado usted tanto y visto tanto el mundo? ¿No ha estado usted en las Antillas, en Africa, en España, qué sé yo?... Hola, capitán; ahí tiene usted su perro cojo.

D’Auverney se estremeció, dejó caer el cigarro y se volvió de súbito hacia la entrada de la tienda de campaña, al tiempo mismo que un enorme perrazo venía de carrera, aunque cojeando, hacia él.

El perro, al pasar, pisoteó el cigarro del capitán, y el capitán no hizo alto.