El perro le lamió los pies, meneó la cola, ladró, saltó, dió señales de alegría en cuanto pudo a su manera, y luego se echó delante de sus pies; el capitán le acariciaba maquinalmente con la mano izquierda, y moviendo con la otra las carrilleras del casco, decía de vez en cuando:
—Vamos, Rask, vamos.
Por fin, volviendo en sí, exclamó:
—Pero ¿quién te ha traído?
—Con licencia, mi capitán...—dijo el sargento Tadeo, que había levantado un poco el cortinaje de la tienda, y se mantenía en pie, con el brazo derecho cubierto con su capote, y las lágrimas en los ojos al contemplar en silencio aquella escena, copiada del desenlace de la Odisea.
Por fin se aventuró a soltar estas palabras:
—Con licencia, mi capitán...
Y D’Auverney levantó la vista.
—¡Hola! ¿Eres tú, Tadeo?... ¿Y cómo demonios pudiste...? ¡Pobre perro! Yo creía que estaba en el campamento inglés. ¿Adónde le encontraste, dime?
—Gracias a Dios, mi capitán, aquí estamos todos; y yo tan contento como el señorito su sobrino cuando su merced le hacía decir aquella relación: “Cornu, un cuerno; cornu, de un cuerno...”