—¡Los cogimos!
Al siguiente día, el ejército colonial había avanzado una legua, y los insurgentes, abandonando a nuestra aproximación Port-Margot y el castillo de Galifet, donde habían establecido un puesto, defendido por gruesas piezas de artillería de sitio, procedentes de las baterías de la costa, se retiraron a paso acelerado hacia los montes. El gobernador estaba no cabe más satisfecho, y así proseguimos en nuestra marcha. Cada cual, al pasar por aquellas áridas y asoladas llanuras, trataba de saludar por última vez, con una ojeada de pesar, el lugar donde existieron sus haciendas, su habitación, sus riquezas, y, a menudo, ni aun siquiera nos era dado conocer el sitio.
A veces nos atajaba el paso el fuego que de los plantíos había cundido por las sabanas y los bosques. En aquellas regiones donde el suelo está aún virgen y la vegetación es tan feraz, la quema de un bosque va acompañada de singulares fenómenos. De lejos, y aun antes de verlo, se oye el incendio rugir con el estruendo de una catarata; los troncos de los árboles que estallan, las ramas que chispean, las raíces que crujen dentro de la tierra, las crecidas hierbas que susurran, el silbido de las llamas al lanzarse por la atmósfera, todo despide por el aire un sordo rumor, que ya mengua o ya redobla con los estragos del destructor elemento. A veces se mira un cinto de verdes árboles que por largo espacio rodean con sus intactas copas el foco de la ardiente hoguera. De súbito aparece en el extremo del fresco cortinaje una lengua de fuego: una culebra de azuladas llamas asciende en veloces roscas por los troncos, y con instantánea mudanza, el frente todo del bosque desaparece bajo un velo de oro movedizo; todo arde a la vez y se consume. Entonces un dosel de humo baja por intervalos, movido por los ímpetus del viento, y envuelve a la llama entre sus sombras. Corre y descorre los pliegues de su opaco manto, se eleva y se abate, se disipa y se espesa; ya vence la obscuridad, y ya una franja de esplendente fuego resalta con vigor en los contornos; ya, por fin, resuena un violento estallido, y la franja desaparece, y el humo se levanta y despide al disiparse una lluvia de rojizas pavesas, que por largo espacio va cubriendo la tierra.
XXII
A la tarde del tercer día entramos por las gargantas del Río Grande, mientras se calculaba que los negros estarían a veinte leguas de distancia entre las sierras. Asentamos nuestros reales en un cerro de escasa altura, que, según estaba despojado, parecía haberles servido para el mismo fin. La posición no era favorable; pero estábamos ajenos de todo recelo. Dominaban al cerro por todos lados peñas tajadas a pico y cubiertas de enmarañados bosques, la aspereza de cuyas lomas había hecho señalar aquel sitio con el nombre de Doma-Mulatos. El río Grande corría a espalda del campamento, y, encajonado entre ambas orillas, iba por allí estrecho y profundo. Las márgenes, en rápida pendiente, estaban salpicadas de malezas y arbustos impenetrables a la vista con su espesura, y, a menudo, hasta sus aguas quedaban encubiertas por las guirnaldas de bejucos que, colgando del tronco de los arces entre sus flores rojizas, enlazaban sus vástagos de la una a la otra orilla y, cruzándose en modos miles, formaban sobre la corriente inmensos toldos de verdura. A la vista que los contemplaba desde lo alto de los vecinos riscos aparecían cual húmedas praderas aljofaradas con el rocío de la mañana. Tan sólo el murmullo de las aguas o el vuelo inesperado de algún pato silvestre rompiendo por la florida cubierta indicaban el curso del río.
Pronto cesó el sol de dorar las puntiagudas cumbres de los lejanos montes del Dondon, y poco a poco se fueron tendiendo las sombras por el campamento, y sólo el graznido de las grullas vino a turbar el silencio universal, o bien el mesurado paso de los centinelas. De repente, el himno terrible de Oua-Nassé y del Campo del Grand-Pré resonó sobre nuestras cabezas; las palmas y los cedros que coronaban los riscos rompieron en llamas, y a las blanquecinas vislumbres del incendio vimos cubiertas las próximas alturas de innumerables bandadas de negros y mulatos, cuyo cobrizo cutis parecía bermejo a los resplandores del fuego. Estas eran las tropas de Biassou.
El peligro era inminente. Los jefes, despiertos con sobresalto, corrían a formar sus soldados; las cajas batían generala; las cornetas y clarines, el toque de alarma; nuestras líneas se formaban en tumulto, y los rebeldes, en vez de aprovechar la confusión en que nos veíamos, nos contemplaban inmóviles entonando el cántico de Oua-Nassé.
Un negro gigantesco apareció solitario en la cima del más elevado pico a la margen del río; una pluma color de fuego ondeaba sobre su frente; en la diestra mano empuñaba un hacha, y un rojo pendón en la siniestra. Reconocí luego a Pierrot, y si hubiera tenido a mano una carabina, quizá la rabia me hubiese inducido a cometer alguna vileza. El negro repitió el coro del himno de Oua-Nassé, clavó su bandera en la cumbre de la peña, arrojó el hacha entre nuestras filas y se sepultó en las ondas del río; un vivo pesar sentí en el corazón temiendo que no había de morir por mis manos.
Entonces los negros comenzaron a despeñar sobre nuestras columnas inmensas moles de piedra, y un granizo de balas y de flechas descargó sobre el cerro. Nuestros soldados, furiosos de no poder medirse con los asaltantes, expiraban con amarga desesperación, aplastados por las peñas, acribillados por las balas o traspasados por las saetas. Espantosa confusión reinaba por todo el ejército. De súbito, un rumor horrible pareció como que salía del centro de las aguas del río Grande, y pasaba allí, en efecto, una extraña escena. Los Dragones amarillos, maltratados en lo sumo por los peñascos que los negros nos arrojaban desde lo alto de la sierra, concibieron la idea de ponerse al abrigo bajo las flexibles bóvedas de bejucos de que estaba cubierto el río. Tadeo, que fué el primero en discurrir este medio, a la verdad ingenioso...—
Aquí la narración se vió interrumpida de repente.