XXIII
Hacía ya más de un cuarto de hora que el sargento Tadeo, con el brazo derecho colgando de una banda, se había metido en la tienda sin que nadie hiciera alto, y, acurrucado en un rincón, se contentaba con expresar por sus gestos lo mucho que se interesaba en la historia del capitán, hasta que, llegado el momento en que no le pareció regular dejar pasar un elogio tan directo sin dar las gracias a D’Auverney, empezó a decir, medio tartamudeando:
—Eso es mucha bondad, mi capitán.
Soltaron todos la carcajada, y, volviéndose D’Auverney, le preguntó con aspereza:
—¿Cómo es eso, Tadeo? ¿A qué tiene usted que venir aquí? ¿Y su brazo?
A un lenguaje tan extraño para sus oídos, las facciones del veterano se entristecieron, y tropezando y echando la cabeza hacia detrás como para contener las lágrimas que asomaban a sus párpados, respondió por fin en voz muy baja:
—No creía yo, nunca lo creyera, que mi capitán había de ser tan duro con su sargento que le tratara de usted.
El capitán se levantó con precipitación:
—Perdóname, amigo, perdóname, que no sé lo que me he dicho. Vamos, Tadeo, ¿me perdonas?
Soltó por fin rienda a las lágrimas el sargento, aunque muy a pesar suyo, diciendo: