D’Auverney parecía entregado a un violento desasosiego.

—Sí—dijo—, sí; tienes razón, Tadeo, que aquélla fué una noche fatal...

Y se hubiera perdido en sus acostumbradas y melancólicas distracciones si la concurrencia no le hubiese instado con empeño para que prosiguiera, cual así lo hizo.

XXIV

Mientras la escena que Tadeo acaba de pintar...—Tadeo, triunfante, fué a colocarse detrás de su capitán—, mientras la escena que Tadeo acaba de pintarnos pasaba a espaldas del cerro, yo había conseguido trepar de mata en mata con algunos de los míos hasta la cima de un pico llamado el Pavo Real por los brillantes reflejos que despedían a la luz del sol las peñas de su cumbre. Este pico se hallaba a igual altura que las posiciones de los negros, y, mostrado el camino, pronto estuvo cubierto de milicianos, con cuyo refuerzo comenzamos un fuego muy vivo de fusilería. Los negros, peor armados, no podían respondernos con tanto calor, y empezaron a desalentarse, con lo que redoblamos nuestros esfuerzos, y pronto tuvieron precisión los rebeldes de evacuar las peñas más vecinas, aunque cuidando antes de hacer rodar sus muertos sobre el resto del ejército, que estaba aún tendido en batalla en la loma. Entonces cortamos y atamos con bejucos algunos de aquellos enormes árboles del algodón silvestre de que fabricaban los habitantes de la isla canoas para cien remeros. Con ayuda de este puente improvisado pudimos cruzar a los riscos abandonados por el enemigo, y parte considerable de nuestras fuerzas se encontraron en posición ventajosa. Semejante aspecto enfrió el valor de los insurgentes al paso que nuestro fuego continuaba. En esto se alzó por el ejército de Biassou un rumor lastimoso, en que iba mezclado el nombre de Bug-Jargal, y cundió por entre sus filas gran espanto. Varios negros de Morne-Rouge aparecieron en lo alto de la peña, adonde ondeaba el rojo pendón; se postraron en tierra, arrancaron luego el estandarte y se arrojaron con él a los abismos del río. Todo parecía denotar que su caudillo estaba o muerto o prisionero.

Nuestro ánimo subió de punto en grado tal, que me resolví a arrojar al arma blanca a los rebeldes de los peñascos que todavía ocupaban. Hice echar otro puente volante entre el peñón en que estábamos y el pico más cercano, y me lancé el primero en medio de los negros. Mis soldados iban a seguirme cuando uno de los rebeldes hizo de un hachazo volar el puente en astillas, y los troncos, deshechos, cayeron por el precipicio, golpeando en las rocas con horroroso estruendo. Al ruido volví la cabeza, y en aquel instante mismo me sentí agarrar por seis o siete negros que me desarmaron. Luché con toda mi fuerza, cual un león; pero ellos me sujetaron, y sin atender a la lluvia de balas que mis soldados hacían caer en su alrededor, me ataron con cuerdas hechas de la corteza de los árboles. La única cosa capaz de mitigar mi desesperación eran los gritos de victoria que escuché resonar un momento después, y en seguida vi a los negros y mulatos subir en desorden por las más ásperas cuestas, lanzando clamores de terror. Mis guardianes imitaron el ejemplo, y, cargándome el más robusto sobre sus espaldas, me condujo a los bosques saltando de peña en peña con la agilidad de una cabra montés. Pronto cesó de alumbrarnos el resplandor de las llamas; pero el débil reflejo de la luna fué para él luz suficiente, acortando tan sólo un poco la rapidez de su paso.

XXV

Después de atravesar malezas y cruzar torrentes, llegamos a un elevado valle, de aspecto en alto grado salvaje, y lugar que me era absolutamente desconocido. Este valle, situado en el riñón de la sierra que se llama en Santo Domingo las montañas dobles, consistía en una vasta y verde llanura aprisionada entre paredes de peña viva y cubierta de arboledas de pinos, guayacos y palmitos. El frío penetrante que siempre reina en aquella región de la isla se hacía sentir aún más en el fresco de la madrugada, porque los primeros albores de la aurora iban despuntando en la blancura de las cercanas y elevadísimas cumbres, y el valle permanecía envuelto en profundas tinieblas o alumbrado tan solo por las numerosas hogueras que encendían los negros, pues aquél era el punto señalado de reunión donde los miembros dislocados de su ejército acudían en desorden. Los negros y los mulatos llegaban por momentos en turbas despavoridas, lanzando gritos de dolor o aullidos de rabia, y nuevas hogueras, que brillaban entre las sombras del valle cual los ojos de un tigre, anunciaban a cada instante cómo se iba ensanchando el círculo del campamento.

El negro que me tenía prisionero me puso al pie de una encina, desde donde contemplaba con indiferencia aquel extraño espectáculo. El negro me ató por la cintura al tronco del árbol en que estaba recostado; apretó los espesos nudos, que me impedían todo movimiento; me plantó en la cabeza su gorro encarnado, como anuncio quizá de que yo era cosa de su pertenencia, y cuando se hubo así asegurado de que ni podía escapar ni serle arrebatado por otros, hizo ademán de alejarse. Me resolví entonces a dirigirle la palabra, y le pregunté en dialecto criollo si pertenecía a la división del Dondon o de Morne-Rouge. Se detuvo, y me replicó con gesto de orgullo:

—De Morne-Rouge.