Me vino luego a las mientes un pensamiento. Había oído hablar de la generosidad del caudillo de estas fuerzas, Bug-Jargal; y aun dispuesto sin pena a recibir una muerte término de todas mis desdichas, la idea de los tormentos con que vendría acompañada si la recibía de manos de Biassou, no dejaba de inspirarme algún espanto. Apetecía morir sin pasar por tales suplicios. Tal vez fuera esto en mí un acto de flaqueza; pero creo que en semejantes momentos la naturaleza del hombre retrocede siempre horrorizada. Imaginéme, pues, que si podía escapar de las garras de Biassou, quizá obtendría de Bug-Jargal una muerte sin tormentos: la muerte de un soldado. Así le pedí a este negro que me condujera a la presencia de su caudillo; se estremeció y repitió el nombre de Bug-Jargal golpeándose con desesperación la frente, hasta que, pasando con rapidez a expresar la ira en su semblante, me gritó, enseñándome el puño cerrado:
—¡Biassou, Biassou!
Y, tras este nombre de amenaza, se apartó de mi vista.
La cólera y el dolor del negro me recordaron aquella circunstancia del combate que nos hizo imponer la captura o la muerte del caudillo de Morne-Rouge, y, ya sin más dudas, me resigné a esperar la venganza de Biassou, con la que aparentaba el negro amenazarme.
XXVI
Entre tanto, cubrían aún las tinieblas la cañada, y sin cesar el tropel de los negros y el número de las fogatas iban en aumento. Un corro de negras llegó en esto a encender una hoguera cerca de mí, y por los numerosos brazaletes de cuentas de vidrio azul, encarnado y violeta que lucían en sus piernas y brazos, por los gruesos pendientes que colgaban de sus orejas, por los anillos sin cuento que adornaban todos los dedos de pies y manos, por los amuletos colgados del seno, por el collar de hechizos pendiente del cuello, por el delantal de vistosas plumas, única cubierta de su desnudez, y, sobre todo, por sus clamores acompasados y sus miradas desatentadas y esquivas, conocí desde luego que eran las Griotas. Quizá ignoren ustedes, señores, que entre las tribus de varias comarcas de Africa se hallan ciertos negros dotados de no sé qué tosca disposición para la poesía y facilidad de improvisar, que tiene semejanza con el estado de demencia. Estos individuos andan errantes de región en región, como los antiguos rapsodas, y como en la Edad Media los minstrels de Inglaterra, los minnesinger de Alemania y los trovadores de Francia. Llevan el nombre de griotos. Las mujeres, poseídas cual ellos de un espíritu de vértigo, acompañan con obscenos bailes las bárbaras canciones de sus esposos y ofrecen una grotesca parodia de las bayaderas del Indostán, o de las almeas egipcias. Algunas, pues, de esta clase de mujeres eran las que acababan de sentarse en rueda a algunos pasos de mí, cruzadas de piernas al estilo africano y en torno de un inmenso montón de secas ramas, que ardía haciendo vacilar los espantosos rostros al incierto resplandor de su rojiza lumbre.
Así que hubieron formado el círculo, agarráronse todas de la mano, y la más anciana, que tenía una pluma de garza plantada en el cabello, comenzó a clamar:
—Ouanga!
Y conocí que iban a operar el sortilegio a que dan tal nombre. Repitieron todas en coro:
—Ouanga!