Y la vieja, después de un corto rato de solemne silencio, se arrancó un mechón de su propio pelo y lo arrojó al fuego, pronunciando estas palabras sacramentales:

Malé o guiab.

Las que en el dialecto de los negros criollos significan: “Me voy con el diablo.” Todas las griotas, imitando el ejemplo de su decana, entregaron a las llamas un rizo de sus cabellos, repitiendo con gravedad:

Malé o guiab.

Tan extraña invocación y los gestos burlescos de que iba acompañada me arrancaron aquella especie de involuntaria convulsión que suele apoderarse del hombre más serio o traspasado de mayor dolor, y que se llama risa histérica. En balde fueron todos mis esfuerzos para atajarla; estalló al fin, y aquella carcajada en que prorrumpía un corazón tan triste provocó una escena singular por lo lúgubre y espantosa.

Perturbadas las negras en el cumplimiento de su misterioso rito, alzáronse todas a una, cual si despertasen de un sueño en sobresalto. Hasta allí no se habían apercibido de mi presencia, y acudieron en tumulto, aullando antes que diciendo:

—¡Un blanco, un blanco!

Jamás he visto colección de figuras con mayor diversidad horribles que lo era aquella caterva de negros semblantes, donde resaltaba la blancura de sus dientes y de sus ojos, salpicados éstos de gruesas y ensangrentadas venas.

Iban ya a despedazarme, cuando la vieja de la pluma de garza hizo una señal y gritó repetidas veces:

Zoté cordé, zoté cordé.[6]