Las fieras se detuvieron de súbito, y les vi, no sin sorpresa, desatar a la vez sus delantales de plumas, arrojarlos sobre la hierba y empezar alrededor de mí aquella danza lasciva a que los negros dan el nombre de la chica.
Este baile, cuyas grotescas actitudes y viveza de gestos no expresan sino el placer y la alegría, cobraba aquí, de diversas circunstancias accesorias, un carácter siniestro. Las miradas fulminantes de ira que me lanzaban las griotas en medio de sus joviales evoluciones; el lúgubre acento que infundían a la alegre tonada de la chica; el agudo y prolongado gemido que de rato en rato arrancaba de su balafo, especie de flauta compuesta de unas veinte cañas, la venerable presidenta de aquel negro sanedrín, y más aún la horrible risa que cada bruja desnuda venía en ciertos momentos de descanso del baile a mostrarme por turno, pegando casi su rostro contra el mío; todo me anunciaba con demasiada certeza cuál era la horrible suerte que le tenían prevenida al blanco, espectador sacrílego de su Ouanga. Recordé la costumbre que tienen muchos pueblos salvajes de bailar en torno de sus prisioneros antes de darles muerte, y aguardé con paciencia a que se terminara aquel episodio del drama, en cuyo desenlace tenía yo señalado tan funesto papel. No pude, con todo, menos de estremecerme al notar que, a una señal dada por el balafo, cada bruja metió en el fuego, o la punta de una hoja de sable, o el hierro de un hacha, o el extremo de una larga aguja, o los garfios de unas pinzas, o los dientes de una sierra.
El baile iba tocando a su término y los instrumentos del suplicio estaban convertidos en ascuas. Entonces, a una señal de la vieja, fueron las negras en solemne procesión a sacar en fila alguna de aquellas tremendas armas, y a las que no alcanzó a caberles en suerte un hierro ardiente, se proveyó cada cual de un tizón encendido. Comprendí al cabo el suplicio que me aguardaba y que habría de contar en cada bailarina un verdugo. A una señal de su corifeo, empezaron la postrer rueda lanzando tremendos gemidos. Cerré los ojos para no ver siquiera los gestos de aquellos demonios femeniles, que, sin aliento de cansancio y de ira, daban golpes a compás por encima de sus cabezas con los hierros hechos ascua, de donde salía un rumor agudo y millares de chispas.
Empecé a aguardar, haciendo un esfuerzo, el instante de sentirme chirriar las carnes, calcinarse los huesos y retorcerse y saltar los músculos entre las ardientes mordeduras de las sierras y tenazas, y un estremecimiento nervioso circuló por todo mi cuerpo. ¡Fué aquél, en verdad, un momento de horror!
No duró, por fortuna. Apenas el baile de las griotas iba aproximándose a su fin, cuando escuché a lo lejos la voz del negro que me aprisionó, quien acudía gritando:
—¿Qué hacéis, mujeres del demonio? ¿Qué hacéis ahí? Dejad libre a mi prisionero.
Volví entonces a abrir los ojos, y era ya de día. El negro dábase prisa a llegar con mil ademanes de cólera, y las griotas se habían detenido, aunque no tanto al parecer conmovidas por sus amenazas cuanto sobrecogidas por la presencia de un ente bastante estrambótico de que venía el negro acompañado.
Era éste un hombre muy bajo y rechoncho, especie de enano, que llevaba cubierto el rostro con un velo de color blanco, y en él hechas tres aberturas para los ojos y boca, al estilo que usan los penitentes. El velo, que caía sobre los hombros y cuello, dejaba al descubierto su pecho velludo, que, según el color, me pareció de salto atrás, donde brillaba, colgado de una cadena de oro, el sol de plata arrancado de un viril. Por encima del cinto de grana, que sostenía unas faldas o enaguas rayadas de verde, amarillo y negro, con franjas que le cubrían los pies, grandes e informes, asomaba el mango de un puñal de trabajo tosco, hecho en forma de cruz. Los brazos iban desnudos, así como el pecho, y empuñaba en su mano una varita blanca; un rosario de cuentas de cachumbo le colgaba de la cintura, junto al puñal, y llevaba sobre la frente una caperuza puntiaguda, ornada de cascabeles, en la que, no sin gran sorpresa, reconocí la gorra de Habibrah. La diferencia única consistía en que entre los jeroglíficos de que estaba aquella especie de mitra cubierta se notaban ahora manchas de sangre. Sin duda alguna, era la del fiel bufón, y aquellos indicios del asesinato los tuve por otra prueba de su fin, y despertaron en mi alma un postrer recuerdo.
Al punto mismo que las griotas repararon en este heredero de la caperuza de Habibrah, dijeron todas a una voz:
—¡El obí!