—¿Cuándo los cumpliste?
A semejante pregunta, que despertaba en mi alma tantos y tan dolorosos recuerdos, me quedé absorto en mis ideas; la repitió, empero, con empeño, y entonces yo le contesté:
—El día que ahorcaron a tu compañero Leogrí.
Sus facciones se contrajeron de ira, y la carcajada duró más aún de lo usual; pero al cabo se contuvo, diciendo:
—Hace veintitrés días ahora que murió Leogrí, y esta noche irás a decirle que le sobreviviste veinticuatro días no más. Quiero dejarte hoy todavía en el mundo para que puedas contarle a qué altura se halla la libertad de sus hermanos, lo que hayas presenciado en el cuartel general de Juan Biassou, mariscal de campo, y cuánta es la autoridad que ejerce este generalísimo sobre la gente del Rey.
Bajo título semejante, Juan Francisco, quien se hacía apellidar Gran Almirante de Francia, y su camarada Biassou, designaban sus catervas de negros y mulatos rebeldes.
Mandó luego que me hiciesen sentar en un rincón de la cueva, entre dos vigilantes, y señalando con el dedo a algunos negros con el disfraz de ayudantes de campo, dijo:
—Que se toque generala y que venga todo el ejército a las cercanías de mi cuartel general, que quiero pasarle revista. Y usted, señor padre capellán, revístase de sus hábitos sacerdotales y celebre para mí y para mis soldados el santo sacrificio de la misa.
El obí se levantó, hizo delante de Biassou una profunda reverencia y le dijo al oído unas cuantas palabras, que interrumpió el general prorrumpiendo en alta voz:
—¿Dice usted, señor cura, que no hay altar? Pero ¿qué tiene eso de extraño entre los montes? ¡Ni qué importa! ¿Desde cuándo acá exige el bon Giu[8] para su culto un magnífico templo ni un altar adornado con oro y con encajes? Gedeón y Josué le adoraron ante un montón de piedras; hagamos, pues, bon per[9], como ellos hicieron, que al bon Giu le basta con corazones fervorosos. ¡Que no hay altar! Pues ¿por qué no armar uno con la caja grande de azúcar que los soldados del Rey cogieron ayer en el ingenio de Dubuisson?