Pronto se puso en planta el mandato de Biassou, y en un abrir y cerrar de ojos quedó listo lo interior de la caverna para semejante parodia de los divinos misterios. Trajeron un tabernáculo y un copón, robados de la iglesia parroquial del Acul, de aquel templo mismo donde mi enlace con María recibió del cielo una solemne bendición, tan luego acompañada de amargos infortunios, y pusieron por altar una caja de azúcar robada, parte del botín de algún ingenio vecino, y cubierta con una sábana a guisa de paño, lo que no tapaba el rótulo siguiente, que podía leerse en los costados del extraño altar: Dubuisson y Compañía, en Nantes.
Cuando los vasos sagrados estuvieron en su lugar, notó el obí que faltaba un crucifijo, y, sacando el puñal, cuyo mango estaba en forma de cruz, lo clavó en pie ante el tabernáculo, entre el cáliz y el viril. En seguida, sin quitarse la caperuza de hechicero ni el velo de penitente, se echó sobre los hombros desnudos la capa pluvial, robada al vicario del Acul; abrió el misal con manecillas de plata, en que se habían leído las oraciones de mi fatal casamiento, y, volviéndose hacia Biassou, sentado a pocos pasos de distancia del altar, anunció con un profundo saludo que estaba ya listo para la ceremonia.
Al punto, a una señal del caudillo se descorrió el cortinaje de cachemira de la entrada y nos mostró el ejército entero de los negros, formado en columnas cerradas a la boca de la cueva. Biassou se quitó el sombrero redondo, se postró delante del altar y gritó con voz sonora:
—¡De rodillas!
—¡De rodillas!—repitieron los jefes de batallón.
Sonó un redoble de tambores, y toda la gavilla estaba arrodillada.
Yo solo había quedado inmóvil en mi asiento, escandalizado del sacrilegio que iba a cometerse en mi presencia; pero los dos robustos mulatos que me tenían bajo su guardia me arrebataron el asiento y, empujándome con violencia por los hombros, caí de rodillas cual los demás, precisado a tributar un simulacro de respeto a este simulacro de culto.
El obí ofició con seriedad; los dos pajecillos blancos de Biassou hacían oficio de diácono y sub-diácono, y la turba de los rebeldes, doblada siempre la rodilla, asistía a la ceremonia con un aspecto de devoción de que daba el generalísimo el primer ejemplo. Al momento de la elevación volvióse hacia el ejército el obí, enseñando la hostia, y exclamó en su dialecto:
—Zoté coné bon Giu; ce li mo fé zoté voer. Blan touyé li, touyé blan yo touté[10].
A estas palabras, pronunciadas en una voz fuerte, que se me antojó haber ya oído en alguna otra parte y otros tiempos, la muchedumbre entera lanzó un rugido; hirieron los soldados sus armas una con otra por largo espacio, y todo el poder de Biassou fué necesario para impedir que aquel siniestro rumor no fuese el anuncio de mi hora postrera. Comprendí, empero, a qué exceso de valor y de crueldad podían llegar estos hombres, para quienes un puñal era un crucifijo, y en cuyo ánimo las emociones eran tan súbitas y profundas.