Mientras tanto, el brillante destino de su caudillo había producido entre las tropas el efecto deseado. Todos los rebeldes, con quienes tenía la palabra del obí mayor imperio que nunca desde la nueva de la muerte de Bouckmann, pasaron del desaliento al entusiasmo, y, ciegamente fiados en su infalible adivino y su predestinado general, prorrumpieron en gritos de “¡Viva el obí! ¡Viva Biassou!”

El obí y Biassou se miraron, y se me figuró oír la risa contenida, del primero respondiendo al sarcasmo del generalísimo.

No sabré explicar por qué; pero este obí me atormentaba el pensamiento, y me parecía haber visto u oído de antemano algo que se asemejaba a aquel tan extraño ente, a punto que resolví hablarle.

—Señor obí, señor cura, doctor, médico, señor capellán, bon per—le dije.

Volvióse hacia mí con presteza.

—Queda aún aquí una persona a quien no le ha dicho su buenaventura, y ésa soy yo.

Cruzó los brazos sobre el sol de plata que le cubría el velludo pecho, y no me replicó; yo continué:

—De buena gana sabría yo lo que augura de mi suerte venidera; pero sus honrados camaradas me han privado de mi reloj y mi bolsa, y no juzgo que el señor obí sea sujeto para profetizar de balde.

Se acercó junto a mí precipitadamente, y me dijo en voz hueca al oído:

—Te equivocas; dame la mano.