En aquel instante, el obí era la persona de mayor importancia en el ejército. El poder militar se humilló ante el prestigio del sacerdote, y al acercarse Biassou, era fácil de leer en sus miradas algún movimiento de enojo.
—La mano, mi general—dijo el obí, inclinándose para cogerla—. Empiezo: la línea de la coyuntura, señalada con igualdad en toda su extensión, le promete riquezas y felicidad. La línea de la vida, larga y distinta, anuncia una existencia libre de males y una vejez robusta; estrecha, señala la sabiduría, el espíritu ingenioso y la generosidad del corazón; en fin, aquí veo lo que los nigrománticos llaman el más venturoso de todos los signos: una caterva de ligeras arrugas que le dan el aspecto de un árbol cargado de ramas elevándose hacia lo alto de la mano, indicio seguro de la opulencia y las grandezas. La línea de la salud, muy larga, confirma los pronósticos de la línea de la vida, y también anuncia valor; encorvada hacia el dedo meñique, en forma de garfio, es signo, mi general, de una severidad provechosa.
A esta palabra, los ojuelos brillantes del obí se clavaron en mi persona al través de los agujeros de su velo, y reparé de nuevo en el acento, que me era conocido, y que se disfrazaba en la gravedad acostumbrada de la voz; él prosiguió con la misma intención en el gesto y tono:
—Sembrada de círculos pequeños, la línea de la salud anuncia gran cantidad de justicias que debe ordenar, y que son necesarias. Hacia la mitad de su curso, se interrumpe para formar un medio círculo, señal de que correrá gran peligro con las bestias feroces, es decir, con los blancos, si no los extermina. La línea de la fortuna, rodeada, como su compañera la de la vida, por pequeños ramales que suben hacia la parte superior de la mano, confirma el porvenir de poder y supremacía a que está llamado; recta y delgada en la parte superior, anuncia el talento para gobernar. La quinta línea, la del triángulo, que se prolonga hasta el arranque del dedo de en medio, promete el más cabal éxito en toda empresa. Veamos ahora los dedos. El pulgar, cruzado a lo largo por rayas menudas, que van desde la coyuntura a la uña, presagia una gran herencia: sin duda que habrá de ser la de la gloria de Bouckmann—añadió el obí en voz sonora—. La eminencia que se forma a la raíz del índice está cargada de ligeros surcos, apenas perceptibles: honores y dignidades. El dedo del centro nada presagia. El dedo anular está surcado de líneas cruzadas: caerán todos sus enemigos y rivales, porque estas líneas forman cruces de San Andrés, señal de ingenio y previsión. La coyuntura que une el dedo meñique a la mano nos presenta enmarañados pliegues del cutis: la fortuna le colmará de dones. También descubro la figura de un círculo, presagio que añadir a los restantes y que anuncia dignidades y poderío.
“¡Feliz—dice Eleazar Taleb—el mortal que lleva tales señales! ¡El destino está encargado de su prosperidad, y su estrella le dará el genio que confiere gloria!” Ahora, mi general, voy a mirarle la frente. “El que lleva en medio de la frente, sobre el surco del sol, una figura cuadrada—dice Raquel Flintz, la gitana—o bien un triángulo, hará gran fortuna.” Aquí está, y bien señalada. Si el signo está a la derecha, promete una herencia importante. La misma de la gloria de Bouckmann. El signo de una herradura en el entrecejo, por encima del surco de la luna, anuncia que el portador sabrá vengar sus injurias y la tiranía que haya sufrido. Yo tengo este signo, y mi general también...—
El modo en que el obí pronunció las palabras yo tengo este signo, me volvió a chocar por lo extraordinario.
—También se le ve—añadió con el mismo tono—en los valientes que saben meditar un levantamiento animoso y romper en abierta lid las cadenas de su servidumbre. La garra de león que lleva marcada por encima de la ceja indica un valor brillante. En fin, mi general Juan Biassou, la frente de vuestra merced presenta el más resplandeciente de todos los síntomas de prosperidad: una combinación de líneas que forman la letra M, la primera en el nombre de la Virgen María. En cualquier parte de la frente, en cualquier surco que esta figura aparezca, anuncia el genio, la gloria y el poderío. Quien la lleva hará siempre triunfar la causa que abrace, y los que sigan sus banderas jamás tendrán que lamentar pérdida alguna, porque él solo vale más que todos los de su partido. Mi general: vuestra merced es el hombre elegido por el destino.
—Gracias, señor capellán—dijo Biassou regresando hacia su trono de caoba.
—Aguárdese, señor general—-repuso el obí—, que se me olvidaba otro signo. La línea del sol, muy señalada en su frente, prueba conocimiento del mundo, deseo de hacer felices, mucha liberalidad y una inclinación a la magnificencia.
Biassou comprendió, al parecer, que el olvido era más bien suyo que del obí, y sacando una bolsa bien repleta, se la arrojó en el plato, a fin de no desmentir a la línea del sol.