—¡Tropas del rey!

Los negros hicieron una profunda reverencia.

—¡Tropas del rey! He aquí lo que manda decir a Juan Biassou, generalísimo del país conquistado y mariscal de campo de los ejércitos de Su Majestad Católica, Juan Francisco, gran almirante de Francia y teniente general de los ejércitos de su antedicha Majestad el Rey de España y de las Indias.

Bouckmann, caudillo de ciento veinte negros de las Montañas Azules de Jamaica, reconocidos independientes por el gobernador de Belle-Combe; Bouckmann acaba de sucumbir en la gloriosa lucha de la libertad y la humanidad contra el despotismo y la barbarie. El generoso caudillo ha muerto en un encuentro con los forajidos blancos que manda el infame Touzard, y los monstruos le han cortado la cabeza, anunciando que iban a colocarla con ignominia en un cadalso en la plaza de Armas de su ciudad del Cabo. ¡Venganza!

El lúgubre silencio de un general desaliento siguióse por un instante en todas las filas del ejército a esta lectura; pero, mientras tanto, el obí se había puesto de pie sobre el altar, sacudiendo su varita blanca con gestos triunfantes.

—Salomón, Zorobabel, Eleazar Taleb, Cardan, Judas Bowtaricht, Averroes, Alberto Magno, Boabdil, Juan de Hagen, Ana Baratro, Daniel Ogrumof, Raquel Flintz, Altornino, gracias os doy, maestros. La ciencia de los zahorís no me ha engañado. Hijos, amigos, hermanos, muchachos, mozos, madres, y vosotros, todos los que me escucháis aquí, ¿no lo había yo vaticinado? ¿Qué había dicho? Los signos de la frente de Bouckmann me habían anunciado que viviría poco, y que moriría en un combate; las líneas de su mano, que aparecería en un cadalso. Las profecías de mi ciencia se realizan fielmente, y los sucesos se arreglan por sí mismos de manera que encajen aquellas circunstancias que no sabíamos conciliar: su muerte en el campo de batalla y su aparición en el cadalso. Admiraos, hermanos.

El desaliento de los negros se había tornado durante este discurso en una especie de susto y maravilla. Escuchaban al obí con confianza mezclada de terror, mientras él, embriagado de sí mismo, se paseaba a lo largo de la caja de azúcar, que ofrecía en su superficie espacio suficiente para que sus piernecillas pudiesen extenderse muy a sus anchuras. Biassou, riendo a su manera, dirigió la palabra al obí:

—Señor capellán: puesto que vuestra merced no ignora los sucesos venideros, ¿querrá leerme lo que ha de sucederme a mí, Juan Biassou, mariscal de campo?

El obí se detuvo con aire jactancioso en medio del grotesco altar donde la credulidad de los negros le divinizaba, y replicó al mariscal de campo:

—Venga vuestra merced.