Mas el obí, que no hacía ya de cirujano, le empujó de sí con aspereza, y prosiguió, sin atender a los quejidos del pobre tuerto:
—Escuchad, hombres. Si las siete líneas de la frente son chicas, retorcidas y poco señaladas, anuncian que la vida de aquella persona será breve.
Quien tenga en el entrecejo y en la línea de la luna la figura de dos flechas cruzadas morirá en una batalla.
Si la línea de la vida que atraviesa la palma de la mano presentare una cruz a su extremidad, cerca ya de la coyuntura, anuncia que la persona aquella perecerá en un cadalso... Y ahora—añadió el obí—debo decir, hermanos, que uno de los más firmes puntales de la independencia, el valeroso Bouckmann, reune estos tres signos fatales.
A estas palabras, quedáronse los negros todos sin soltar el aliento, inmóviles los ojos y clavados en el juglar con aquella especie de atención que tanto se asemeja al estupor.
—Tan sólo hay—prosiguió el obí—que no sé cómo concuerden ambos signos, si el uno presagia a Bouckmann que ha de morir en la batalla y el otro le amenaza con un cadalso. Mi ciencia, empero, es infalible.
Se detuvo y echó una ojeada a Biassou, y éste dijo al oído algunas palabras a uno de sus ayudantes, quien salió sin tardanza.
—La boca abierta y lacia—tornó a decir el obí, volviéndose hacia el concurso y con tono bufón y malicioso—, una actitud insignificante, los brazos colgando y la mano izquierda vuelta para afuera sin que haya motivo, anuncian la necedad natural, la falta de seso y una curiosidad embrutecida.
Soltó Biassou su risa sarcástica, cuando en este momento regresó el ayudante, trayendo en su compañía a un negro cubierto de polvo y fango, y cuyos pies, cortados por los pedernales y abrojos, eran claro indicio de que venía de una larga jornada. Este era el mensajero anunciado por Rigaud. Traía en una mano un pliego cerrado, y en la otra, desdoblado, un pergamino con un sello en figura de corazón inflamado. En el medio estaba una cifra compuesta de las letras características M. y N., enlazadas entre sí para designar, sin duda, la unión de los mulatos libres y de los negros esclavos. A un lado de la cifra se leía por mote: “Las preocupaciones, vencidas; la vara de hierro, rota; ¡viva el rey!” Este pergamino era un pasaporte expedido por Juan Francisco.
El emisario le presentó a Biassou, y, después de humillarse hasta tocar la tierra, le entregó el pliego sellado. El generalísimo lo abrió con precipitación, recorrió los despachos que contenía, se metió algunos en los bolsillos y, estrujando otro entre las manos, exclamó con aspecto desconsolado: