Y para arrancarme un instante a los perplejos pensamientos en que me había sumido tan extraña escena, apenas bastó el nuevo drama que se siguió en mi presencia a la ridícula farsa representada por Biassou y el obí ante sus atónitas gavillas.
Habíase vuelto a colocar Biassou en su asiento de caoba, con el obí a su derecha y Rigaud a su izquierda, sobre los dos cojines que hacían juego con el trono del principal cabeza. El obí, con los brazos cruzados sobre el pecho, parecía absorto en profunda meditación; Biassou y Rigaud estaban mascando tabaco, y un ayudante había venido a saber del mariscal de campo si se mandaba desfilar al ejército, cuando tres corros de negros alborotados llegaron a una a la entrada de la cueva con furiosos clamores. Cada cual traía un prisionero, que quería entregar a disposición de Biassou, no tanto por saber si le acomodaría perdonarles, cuanto para averiguar qué especie de muerte o de suplicios era su antojo que padecieran. Demasiado lo anunciaban sus siniestros gritos:
—Mort! Mort!—decían algunos.
—¡Mueran! ¡Mueran!—repetían otros; y
—Death! Death!—respondían algunos negros ingleses, quizá de los secuaces de Bouckmann, que habían ya acudido a incorporarse con los negros españoles y franceses de Biassou.
El mariscal de campo les impuso silencio, y con un gesto mandó adelantar los tres cautivos al umbral de la gruta, y de ellos reconocí a dos con viva sorpresa. Era el uno aquel ciudadano general C..., aquel filántropo corresponsal de todos los negrófilos del universo, que había emitido contra los negros un parecer tan cruel en casa del gobernador; era el otro aquel blanco hacendado, de dudosa estirpe, que manifestaba tal repugnancia hacia los mulatos, entre quienes le contaban los blancos; el tercero aparentaba pertenecer a la categoría de artesanos blancos y llevaba un mandil de cuero con las mangas arremangadas hasta el codo. Los tres habían sido cogidos, cada cual por separado, procurando ocultarse en la sierra.
El artesano sufrió primero su interrogatorio:
—¿Quién eres?—le dijo Biassou.
—Santiago Belin, carpintero del hospital de los Padres Religiosos en el Cabo.
Alguna sorpresa, mezclada de vergüenza, asomó en el rostro del generalísimo del país conquistado.