—¡Santiago Belin!—repitió mordiéndose los labios.

—Sí—repuso el carpintero—. ¿Pues qué, me desconoces?

—Empieza tú—dijo el mariscal de campo—por reconocerme y acatarme.

—¡Yo no saludo a mis esclavos!—replicó el carpintero.

—¡A tu esclavo! ¡Miserable!, ¿qué dices?—exclamó el generalísimo.

—Sí—contestó el carpintero—. Yo fuí tu primer amo, aunque ahora finjas hacerte desconocido, y acuérdate, Juan Biassou, de que te vendí por trece pesos fuertes a un comerciante de Santo Domingo.

Las facciones de Biassou se contrajeron con violento despecho.

—Pues qué—prosiguió el blanco—, ¿te avergüenzas ahora de haberme servido? ¿No sabes que Juan Biassou debería honrarse de haber pertenecido a Santiago Belin? Tu propia madre, ¡loca de vieja!, ha barrido muchas veces mi tienda; pero al postre se la vendí al señor mayordomo del hospital, y, como estaba tan decrépita, no quiso darme más que treinta y dos pesetas. Esta es tu historia y la suya; pero parece que a vosotros los negros y mulatos se os han subido los humos a la cabeza y que se te ha borrado de la memoria cuando servías de rodillas a tu amo Santiago Belin, carpintero en el Cabo.

Biassou le había estado escuchando con aquella risa sarcástica que le daba el aspecto de un tigre.

—Bien está—dijo.