Y en seguida, encarándose con los negros que habían traído al maestro Belin, añadió:
—Agarrad dos bancos, dos tablas y una sierra, y llevaos a ese hombre. Santiago Belin, carpintero en la ciudad del Cabo, dame las gracias por haberte proporcionado una muerte de carpintero.
Y sus carcajadas acabaron de explicar con qué atroces suplicios iba a castigar el orgullo de su antiguo dueño. Yo me estremecí; pero Santiago Belin ni aun pestañeó, y, volviéndose, le dijo con jactancia:
—Sí, debo estarte agradecido de algo, pues te vendí por trece pesos, y está visto que saqué de ti mucho más de lo que valías.
Entonces se lo llevaron.
XXXIII
Los otros dos presos habían asistido, más muertos que vivos, a este espantoso prólogo de su propia tragedia. Su actitud humilde y acongojada hacía notable contraste con la entereza, un tanto fanfarrona, del carpintero, y temblaban todos sus miembros.
Biassou los miró a uno después de otro, con su aire de raposa, y luego, entreteniéndose con prolongar su agonía, entabló con Rigaud una conversación sobre las diversas especies de tabaco, asegurando que el de la Habana no era bueno sino para fumar en cigarros, y que para tomar en polvo no había tabaco como el de España, del que Bouckmann le había enviado dos barriles cogidos en casa de M. Lebattu, hacendado en la Tortuga. En seguida, dirigiéndose de golpe al ciudadano general C...:
—¿Qué te parece?—le preguntó.
Esta consulta inesperada desconcertó al ciudadano, que respondió balbuciente: