—Digo, mi capitán, ¡si hubiera usted visto al pobre negro cuando llegó a carrera y sin aliento, en el instante mismo que se estaban preparando sus diez camaradas! Había sido preciso atarlos, y yo lo hice porque mandaba el piquete; ¡y cuando los fué desatando uno por uno con sus propias manos, para ponerse en su puesto, aunque ellos se resistían!, ¡qué firmeza! ¡Aquello era un hombre! ¡Ni el peñón de Gibraltar! ¿Y luego, mi capitán, cuando se mantuvo tan derecho como si fuese a entrar en un baile? Y cuando su perro, este mismo Rask que tenemos aquí, comprendió lo que se iba a hacer y se me abalanzó a la garganta...
—Por lo general, Tadeo—le interrumpió el capitán—, no solías dejar pasar esta parte de la relación sin hacerle una fiesta a Rask; repara y cómo te mira.
—Tiene su merced razón, mi capitán—respondió Tadeo, algo cortado—; el pobre Rask me echa unos ojos que... Pero la vieja Malagrida me ha dicho que trae mala suerte el hacer fiestas con la mano izquierda.
—Bien, pero ¿para qué sirve la derecha?—preguntó D’Auverney sorprendido y reparando por la vez primera en el brazo envuelto entre el capote y en la palidez de Tadeo.
La confusión del sargento subió de punto.
—Con licencia, mi capitán; el caso es que... que ya tiene usted un perro cojo, y mucho me temo que acabe por tener un sargento manco.
El capitán dió un salto desde su asiento.
—¡Cómo! ¿Qué es lo que dices, Tadeo? ¡Tú manco! Saca el brazo. ¡Manco, Dios mío!
Y D’Auverney temblaba; el sargento fué desliando despacio el envoltorio de su capote, y enseñó, por fin, el brazo cubierto con un pañuelo ensangrentado.
—¡Ah, Dios mío!—tartamudeaba el capitán mientras iba levantando con suma precaución el lienzo—. Pero, Tadeo, explícame...