—Una cosa muy sencilla. Ya dije que había reparado en su tristeza de usted desde que los malditos ingleses nos quitaron al pobre Rask, al perro de Bug. Así, esta noche me resolví a ir y traérmelo, aun cuando me costara el pellejo, para poder cenar con apetito. Por eso, después de haber recomendado a Mathelet, su asistente de usted, que cepillase con cuidado el uniforme de gala para la gran acción de mañana, me salí a la calladita del campamento, sin más arma que mi sable, y me metí por entre las cercas, para llegar antes adonde están los ingleses. Todavía no había yo llegado ni a la primer línea de parapetos, cuando, con licencia, mi capitán, reparé en un corro de casacas coloradas que estaban en un bosquecillo, hacia la izquierda. Como no hacían alto en mí, me acerqué para ver mejor, y lo primero que descubrí fué a Rask, atado a un árbol en medio de ellos, mientras dos milores, en cueros como los herejes, se estaban repartiendo sobre las costillas unos puñetazos que hacían más ruido que la tambora de nuestro regimiento. Eran dos señores ingleses, que probablemente se habían desafiado por vuestro perro; pero Rask, que me conoció, dió de repente un estrechón tal, que rompió la cuerda, y en un abrir y cerrar de ojos estaba el tunante corriendo tras de mí. Ya puede usted figurarse que los otros no se estuvieron quietos. Yo me zambullí entre las matas, y Rask siguiéndome, mientras alrededor de nosotros silbaba una nube de balas. Rask se puso a ladrar en respuesta; pero, por fortuna, no le pudieron oír a causa de sus gritos de french dog, french dog, como si el perro no fuera de la casta de Santo Domingo. No importa: ya habíamos saltado por encima de los cercados y me creía ya en salvo cuando se nos ponen delante dos de los colorados. Con el sable me zafé de uno de ellos, y lo mismo hubiera hecho con el otro, a no ser porque traía una pistola cargada con bala... Ahí tiene usted mi brazo derecho. Pero no importa: el french dog le saltó al pescuezo, como si fuera un amigo antiguo, y yo aseguro que el abrazo fué estrecho, porque el inglés vino a tierra degollado. ¿Para qué fué tan terco el hombre en seguirnos? Por fin, aquí está Tadeo de vuelta al campamento, y Rask con él. Mi única pesadumbre es que no quisiera Dios haberme enviado esto en la batalla de mañana. Conque... se acabó.

Las facciones del veterano se entristecieron con la idea de no haber recibido su herida en una batalla.

—¡Tadeo!—exclamó el capitán en tono irritado; y en seguida añadió con más blandura—: ¿A qué viene esa tontería de exponerte así por un perro?

—No fué por un perro, mi capitán; fué por Rask.

El rostro de D’Auverney se inmutó de repente, y el sargento prosiguió en su discurso:

—Fué por Rask, por el perro de Bug...

—Basta, basta, Tadeo—dijo el capitán, cubriéndose los ojos con una mano—. Vamos—añadió después de un breve silencio—, apóyate sobre mí y vamos al hospital.

Después de hacer una respetuosa resistencia, obedeció Tadeo; y el perro, que durante toda esta escena se había entretenido, por desfogar su alegría, en roer la magnífica piel de oso de su amo, se levantó y les fué siguiendo a entrambos.

II

Este episodio había despertado en grado sumo la curiosidad de los bulliciosos espectadores.