Biassou, gozoso de poder humillar a un blanco, le volvió a cortar la palabra:

¡Negros y mulatos! ¿Qué significa eso? ¿Quieres venir a insultarnos con esos nombres odiosos inventados por el desdén de los blancos? Aquí no hay sino negros y pardos, ¿lo entiende usted, señor hacendado blanco?

—Es un mal hábito contraído desde la infancia—respondió C...—; perdonadme: no he tenido intención de ofender a vuestra excelencia.

—Deja tus excelencias, que te repito que no me gustan esas mañas de aristócratas.

C... trató de disculparse de nuevo y empezó en tono balbuciente otra explicación:

—Si me conocieras, ciudadano...

—¡Ciudadano! Pues ¿quién te imaginas que soy?—gritó Biassou enfurecido—. Aborrezco esa jerigonza de los jacobinos, ¡y quisiera saber si eres alguno de ellos! ¡Acuérdate que estás hablando con el generalísimo de las tropas del Rey! ¡Ciudadano! ¡Vaya, el insolente!

El pobre negrófilo no sabía ya cómo hablarle a una persona que tanto desechaba el tratamiento de excelencia cuanto el título de ciudadano, el lenguaje de los aristócratas cuanto el de los patriotas. Estaba aterrado. Biassou, cuya cólera era fingida, se divertía sobremanera en contemplar sus ahogos.

—¡Ay!—dijo por fin el ciudadano general—, ¡y cuán mal me juzgáis, insigne defensor de los imprescriptibles derechos de una mitad del linaje humano!...

En el apuro de aplicar ningún dictado sencillo a este encumbrado personaje, que aparentaba rehusarlos todos, acudió a una de aquellas perífrasis sonoras de que solían valerse con sumo gusto los revolucionarios para reemplazo del nombre y título de la persona a quien se dirigían.