—¿Y en qué te amenazo?—respondió Biassou con suma frialdad—. Déjame acabar... ¿Un cordón de cabezas de negros desde el castillo de Picolet al cabo Caracol? ¿Qué te parece? ¡Responde!
Las palabras ¿en qué te amenazo? habían hecho recobrar alguna esperanza a C..., quien pensó que acaso sabría Biassou tales horrores sin tener averiguado su autor; y así, respondió luego con alguna entereza, a fin de disipar cualquier sospecha que le fuese adversa:
—Me parece que son unos crímenes atroces.
Biassou soltó su carcajada.
—¡Bueno va! ¿Y qué castigo le impondrías al culpable?
Aquí el desdichado C... titubeó.
—Vamos—repuso Biassou—-, ¿eres amigo de los negros o no lo eres?
Entre ambas alternativas, prefirió el negrófilo la que menor peligro presentaba, al parecer, y no viendo ningún intento hostil contra su persona en el semblante de Biassou, contestóle en voz apagada:
—Merece la pena de muerte.
—Muy bien respondido—dijo Biassou con mucho sosiego, arrojando el tabaco que tenía en la boca para mascar.