En esto, su aspecto de indiferencia había infundido algunos ánimos al infeliz negrófilo, y haciendo un esfuerzo para desvanecer cuantos recelos pudieran abrigarse contra su persona, comenzó una arenga en términos tales:
—Nadie hace votos más ardientes que los míos por el triunfo de vuestra causa. Yo soy corresponsal de Brissot y de Pruneau, de Pomme-Gouge, en Francia; de Magaw, en América; de Peter Paulus, en Holanda; del abate Tamburini, en Italia...
Y proseguía explayándose en esta letanía filantrópica, que estaba pronto siempre a entonar y que le había yo oído recitar en casa del gobernador, en circunstancias diversas y con diverso fin, cuando Biassou le atajó los vuelos:
—¡Y qué se me da a mí de todos tus corresponsales! Dime, y con eso sobra, dónde tienes tus almacenes y tus depósitos, porque mi ejército necesita abastecerse. Muy ricas han de ser tus haciendas y muy fuerte tu casa de comercio si tienes giro con los comerciantes de todo el mundo.
El ciudadano C... se atrevió con timidez a hacer una observación:
—Héroe de la humanidad, no son comerciantes, sino filósofos, filántropos y negrófilos.
—¡Vaya!—dijo Biassou moviendo la cabeza—. ¡Cátense ustedes ahí que vuelve a esos demonios de palabrotas ininteligibles! Pues bien, hombre: si no tienes almacenes ni depósitos que darnos a saquear, ¿para qué sirves?
Semejante pregunta mostraba una vislumbre de esperanza, a la que se asió C... con ahinco.
—Ilustre guerrero—respondió luego—, ¿tenéis en vuestro ejército algún economista?
—¿Qué cosa es eso?—le preguntó el caudillo.