—Mi general—dijo un mulato que se expresaba con mayor facilidad que el resto—, es un blanco, y es preciso que muera.

El pobre hacendado, a fuerza de gestos y de gritos, logró hacer que le oyeran algunas palabras:

—No hay tal cosa; no hay tal cosa, señor general; no, hermanos míos, ¡yo no soy blanco! Eso es una abominable calumnia. Soy mulato, de sangre mixta, como vosotros; hijo de una negra, cual vuestras madres y vuestras hermanas.

—¡Miente, miente!—decían los negros enfurecidos—. Es un blanco, y siempre ha aborrecido a los negros y a los pardos.

—¡Jamás!—respondió el prisionero—. Los blancos son a quienes detesto, porque soy uno de vuestros hermanos y siempre he dicho, como vosotros: Negré ce blan, blan ce negré[19].

—¡Nada de eso, nada de eso!—clamaba la muchedumbre—. Touyé blan!, touyé blan![20].

El infeliz respondía, lamentándose de un modo lastimero:

—¡Soy mulato! ¡Soy de los vuestros!

—¿La prueba?—dijo con frialdad Biassou.

—La prueba—respondió el otro, desatentado—, es que siempre me despreciaron los blancos.