—Eso puede muy bien ser verdad—replicó Biassou—, porque eres un insolente.

Un mulato joven dijo con empeño, encarándose con el hacendado:

—Tienes razón, los blancos te despreciaban; pero tú, en cambio, afectabas despreciar a la gente de color, entre quienes te contaban aquéllos, y hasta me han dicho que en cierta ocasión desafiaste a un blanco porque te echó en cara pertenecer a nuestra casta.

Un murmullo universal se alzó de entre el indignado concurso, y los gritos de muerte sofocaron con redoblada violencia las disculpas del acusado, quien, echándome con disimulo una mirada de súplica, repetía lloroso:

—¡Eso es una calumnia! Yo no tengo más dicha ni más orgullo que el pertenecer a los negros. Yo soy mulato.

—Si fueses mulato de veras—observó Rigaud con aparente sosiego—, no te valdrías de semejante palabra[21].

—¡Ay de mí! ¿Acaso sé siquiera lo que me digo?—repuso el miserable—. Señor general en jefe, la prueba de que soy de sangre mestiza está en esta raya negra alrededor de las uñas[22].

Biassou rechazó la mano que alargaba con súplica.

—Yo no poseo la ciencia del señor capellán, que adivina por las manos quién o qué sea cualquier persona. Escúchame, pues: los soldados te acusan, los unos de ser blanco, los otros de ser hermano traidor, y, si tal fuere, en ambos casos deberás morir. Tú afirmas que perteneces a nuestra casta y que jamás renegaste de ella. Un medio sólo te queda de probar tus asertos y de salvarte.

—¿Cuál, mi general? ¿Cuál es?—preguntó el hacendado con suma ansia—. Estoy pronto.