—Hele aquí—contestó Biassou con frialdad—. Agarra este cuchillo y da por tu propia mano de puñaladas a esos dos prisioneros blancos.

Así hablando, señaló hacia nosotros con la mano y con la vista; el hacendado se echó atrás ante la daga que Biassou, con sonrisa infernal, le ofrecía.

—¿Cómo es eso?—dijo el generalísimo—. ¿Conque titubeas? Pues era el único medio de probarnos, al ejército y a mí, que no eres blanco, sino de los nuestros. Vamos: resuélvete pronto, que me haces perder el tiempo.

Tenía el preso los ojos desencajados; dió un paso hacia el puñal, y luego se detuvo, dejando caer los brazos y volviendo hacia atrás la cabeza, mientras un estremecimiento involuntario le hacía temblar en todo su cuerpo.

—¡Vamos!—prorrumpió Biassou en tono de impaciencia y cólera—, ¡que estoy de prisa! Escoge: o matarlos tú mismo o que te maten con ellos.

El infeliz permanecía inmóvil, como petrificado.

—Está muy bien—repuso Biassou volviéndose hacia los negros—; pues que no quiere hacer de verdugo, hará el papel de víctima, porque ya conozco que es un blanco. Sacadle vosotros de aquí...

Los negros se adelantaron para echarle mano, y este movimiento decidió de su suerte entre matar o morir. El exceso de cobardía tiene también su especie de valor. Se abalanzó al puñal que le alargaba Biassou, y en seguida, sin tomarse tiempo de reflexionar en lo que iba a hacer, el miserable le saltó encima, cual un tigre, al ciudadano C..., que se hallaba recostado junto a mí.

Comenzó luego una horrenda lucha. El negrófilo, sumido en tétrica y estúpida desesperación por el desenlace que tuvo el interrogatorio con el cual le había Biassou atormentado, contempló toda la escena posterior con la vista fija, y tan embebido en el terror del suplicio ya cercano, que aparentaba no haberla comprendido; mas al ver lanzarse sobre sí al hacendado y relampaguear el acero por encima de sus sienes, lo inminente del peligro le arrancó con sobresalto de su letargo. Púsose entonces en pie, y, deteniéndole el brazo a su asesino, dijo en tono lastimero:

—¡Misericordia! ¡Misericordia! ¿Qué pretende usted conmigo? ¿Qué le he hecho para ofenderle?