Entonces, alzando la voz, llamó a Macaya.
El comandante de los negros cimarrones se aproximó, presentando, en señal de acatamiento, su trabuco de boca ancha.
—Haz salir de tus filas—repuso Biassou—a aquel negro que va allí y que no debiera.
Era el mensajero de Juan Francisco. Macaya le condujo a presencia del general, quien cobró de súbito en el semblante aquella expresión de cólera que sabía fingir con tanto acierto.
—¿Quién eres?—le preguntó al negro sobrecogido.
—Mi general, soy un negro.
—¡Caramba! ¡Eso ya lo veo! Pero ¿cómo te llamas?
—Mi sobrenombre de guerra es Vavelan; mi protector entre los bienaventurados es San Sabeo, diácono y mártir, que se conmemora veinte días antes de la Natividad...
Biassou le interrumpió:
—¿Y con qué cara te atreves a presentarte en la parada, en medio de espingardas relucientes y de tahalís blancos, con el sable sin vaina, los calzones desgarrados y los pies cubiertos de lodo?...