—Mi general—respondió el negro—, no es culpa mía. El gran almirante Juan Francisco me encargó de traer el parte de la muerte de Bouckmann, comandante de los cimarrones ingleses; y si mis vestidos están destrozados y los pies sucios, es porque he corrido, sin descansar ni tomar aliento, a fin de llegar antes con la nueva; pero me detuvieron a la entrada del campamento, y...
Biassou arrugó el ceño.
—¡No se trata de eso, gabacho, sino de tu desvergüenza en asistir a la revista tan desaliñado! Encomienda el alma a tu santo patrón, San Sabeo, diácono y mártir, y anda que te fusilen.
Aquí tuve nueva prueba del poderío moral que ejercía Biassou sobre los rebeldes. El infeliz, a quien se ordenaba ser él mismo portador de la orden de su muerte, no se atrevió ni aun a dar quejas. Bajó la cabeza, cruzó los brazos al pecho, hízole un triple saludo a su implacable juez, y, después de haberse arrodillado ante el obí, que le dió una absolución compendiada, salióse de la cueva. ¡Algunos minutos después, una descarga le anunció a Biassou que el negro había obedecido y había muerto!
Libre ya el caudillo de todo recelo, se volvió hacia Rigaud, brillándole los ojos de contento, y con una expresión sarcástica de triunfo que parecía decir: “¡Admírame!”
FOOTNOTES:
[23] Más adelante se valió Toussaint-Louverture de igual recurso, obteniendo idéntico ventajoso resultado.—N. del A.
XXXVII
Seguía, empero, la revista, y aquel mismo ejército que, en desorden, me había presentado pocas horas antes un espectáculo tan extraordinario, no parecía menos extravagante ahora y sobre las armas. Eran ya algunos negros, completamente desnudos, y pertrechados de mazos, machetes y macanas, marchando al compás de un cuerno como los salvajes; ya batallones de mulatos equipados a la española y a la inglesa, con buenas armas y buena disciplina, arreglando sus pasos al toque de los tambores; catervas, luego, de negras y negrillos, con horquillas y garfios, o de viejos inútiles cargados con fusiles antiguos e inservibles, sin cañón o sin llave; griotas, en fin, con sus vestidos de botarga, o griotos con horribles contorsiones y gestos, entonando canciones incoherentes, con acompañamiento de guitarra, de balafo o de platillos. Interrumpían a veces esta extraña procesión bandadas heterogéneas de mulatos, cuarterones, salto-atrás y toda clase de mestizos libres; o ya catervas errantes de negros cimarrones, con el ademán soberbio y carabinas relucientes, que arrastraban entre filas sus carretones henchidos de despojos, o algún cañón arrebatado a los blancos, menos cual arma ofensiva que trofeo, cantando a toda voz los himnos rebeldes de Gran-Pré y Oua-Nassé. Por encima de tanto y tan diverso concurso tremolaban banderas de todos colores y con todas divisas: blancas, rojas y tricolores, adornadas con flores de lis y con el gorro de la libertad, y llevando por lema: Mueran los sacerdotes y los aristócratas, ¡Viva la religión!, ¡Libertad e igualdad!, ¡Viva el Rey!, ¡Muera la metrópoli!, ¡Viva España!, ¡No más tiranos!, etcétera, etc.; extraña mescolanza y claro indicio de que las fuerzas de los rebeldes eran un tropel sin objeto determinado, y de que no menor desorden que en los hombres reinaba en las ideas.
Al pasar, a su vez, por la gruta, las escuadras rendían sus banderas, y Biassou devolvía el saludo. A cada batallón le dirigía algunas palabras de reprensión o de elogio, y cada palabra severa o halagüeña que caía de sus labios era acogida por sus secuaces con fanático respeto y una especie de temor supersticioso.