—Sí—prosiguió Biassou—; en tus propias manos tienes tu vida, y si quieres, puedes salvarla.
Este arrebato de clemencia, el primero y el último, sin duda alguna, que Biassou haya jamás sentido, me pareció un prodigio. El obí, como yo, lleno también de sorpresa, saltó del asiento donde por tan largo rato había permanecido inmóvil y en actitud extática, al estilo de los faquires indios. Se puso frente a frente del generalísimo y alzó la voz lleno de ira:
—¿Qué dice el excelentísimo señor mariscal de campo? ¿No se acuerda de lo que me ha prometido? Ni él ni el bon Giu pueden ya disponer de esta vida, que me pertenece.
En aquel momento, al oír su acento de cólera, juzgué de nuevo tener algún recuerdo de aquel maldito hombrecillo; mas fué una sensación vaga y pasajera, que no me iluminó el entendimiento.
Biassou, sin alterarse, se levantó, habló con el obí en voz baja, señalándole a la bandera negra en que ya había yo reparado, y, tras algunos minutos de conversación, meneó el zahorí la cabeza de arriba abajo, cual en señal de consentir, y los dos recobraron sus antiguos puestos y actitudes.
—Escucha—me dijo entonces el generalísimo, sacando del bolsillo los otros despachos de Juan Francisco, que tenía allí metidos—. Nuestros negocios van mal. Bouckmann acaba de morir en un encuentro; los blancos han exterminado en la comarca de Cul-de-Sac a dos mil negros levantados; las tropas de la colonia siguen atrincherándose y cubriendo todos los llanos de puntos fortificados, y, por culpa nuestra, hemos desaprovechado una ocasión de apoderarnos del Cabo, que no se volverá a presentar tan de pronto. Por el lado de Levante, el camino principal está cortado por un río, y los blancos, para defender el paso, han establecido una batería flotante sobre pontones y dos reductos, a cada orilla. Al Sur hay otro camino real, que atraviesa ese país montañoso llamado el Haut-du-Cap, y lo tienen también cuajado de tropas y de artillería. Por la parte de tierra, la posición está asimismo bien fortificada, con parapetos en que han trabajado todos los habitantes, con añadidura de buenos caballos de frisa. Por consiguiente, el Cabo se halla al abrigo de nuestras embestidas. La emboscada en las gargantas de Doma-Mulatos no produjo el éxito que nos prometíamos, y a tantos reveses se junta la fiebre de Siam, que devasta el campamento de Juan Francisco. Así que el gran almirante de Francia opina[24], y yo participo de su sentir, que sería conveniente entrar en tratos con el gobernador Blanchelande y la Asamblea colonial. He aquí la carta que sobre este particular vamos a remitir a la Asamblea; escucha:
“Señores diputados:
“Grandes infortunios han afligido a esta rica e importante colonia, en los que nos hemos visto nosotros envueltos, y nada más nos queda que alegar por excusa. Algún día vendrá en que nos haréis toda la justicia que nuestra situación se merece. Debemos quedar comprendidos en la amnistía general que el Rey Luis XVI ha proclamado para todos indistintamente.
“Si no, como el Rey de España es un Rey bueno, que nos trata muy bien y que nos manifiesta recompensas[25], seguiremos a su servicio con celo y lealtad.
“Vemos que, con arreglo a la ley de 28 de septiembre—de 1791—, la Asamblea nacional y el Rey os conceden facultad para decretar definitivamente acerca del estado de las personas no libres y de la condición política de los hombres libres de color. Nosotros defenderemos los decretos de la Asamblea nacional y los vuestros, si están revestidos de los requisitos legales, hasta derramar la última gota de nuestra sangre. Sería conveniente que declararíais por un decreto, sancionado por el señor general, que formáis intento de ocuparos en la suerte de los esclavos. En sabiendo, por conducto de sus jefes, a quienes daríais noticia de estos trabajos, que son el objeto de vuestras tareas, quedarían satisfechos, y en breve tiempo se recuperaría el equilibrio roto.